NEWSLETTER Opinión Basado en interpretaciones y juicios del autor sobre hechos, datos y eventos

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Luis Enrique como streamer.

Luis Enrique como streamer. / YOTELE

A España le sientan mal las derrotas frente a Marruecos. Afortunadamente, en el siglo XXI las disputas se libran en los campos de fútbol y no en los campos de batalla. Lo de Catar no tuvo nada que ver con lo de Annual. Pero fue igualmente un desastre. En este Mundial, dictaduras y democracias juegan con las mismas reglas y con apariencia de igualdad. Por eso Marruecos pudo ganar a España. Y llegó la derrota en plena celebración del Día de la Constitución, de las pocas cosas que genera un mínimo orgullo compartido. Esta debacle le pilla a España en un momento bajo. 'The Economist' acaba de publicar un extraño artículo en el que dice que renacen las dos Españas irreconciliables. A propósito de la reforma de la sedición y de la ley del 'sí es sí'. Ciertamente, España vista desde la tribuna del Congreso de los Diputados o desde la barra del bar de Twitter, pudiera parecer al borde de la guerra civil. Lo mismo ocurre con Estados Unidos visto desde la prensa europea. Cuando la derecha está en la oposición, España está siempre en riesgo de disolución inmediata. No hace nada, uno de sus dirigentes dijo que algunos habían conseguido más en la negociación de los Presupuestos que tirando bombas. Supongo que se refería a Pujol y Arzalluz con Aznar. Aunque de todas formas, a un demócrata covencido eso no le debería parecer del todo mal.

A España le cuesta valorar sus fortalezas y, demasiadas veces, unos y otros confunden estar en la oposición con anunciar la apocalipsis del país. A ello también se suman las minorías, nacionales e ideológicas, muy dadas a ver la paja en el ojo ajeno más que la viga en el propio. La España derrotista, heredera de la tradición de aquella generación del 98 marcada por las derrotas coloniales, vuelve a campar por las tribunas parlamentarias y por las burbujas digitales. Pero me temo que muchos españoles están más orgullosos de España de lo que dicen esos discursos, también de su diversidad interna y de su capacidad de llegar a acuerdos entre diferentes en lugar de pisotearlos con toda suerte de homogeneizaciones. E incluso están orgullosos de esa selección de fútbol que no consiguió ganar a Marruecos ni en los penaltis. Pero que representa a una democracia que hace 44 años dejó atrás una dictadura como la que aún padece su vecino del sur. A ellos solo les queda el orgullo del fútbol, eso sí que es una derrota en toda regla.