Artículo de Rosa Ribas

Breve historia de una mutación

Caminaba lentamente, como una turista, en una ciudad en la que me sorprendió que todo el mundo se movía muy deprisa

turista

turista / Leonard Beard

Rosa Ribas

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Tengo un pésimo sentido de la orientación. Algunos me dicen que es porque soy zurda, pero conozco muchos zurdos que se orientan estupendamente, mientras que yo, un año y medio después de haberme mudado, sigo perdiéndome por mi nuevo barrio. 

Suplo la falta de orientación con memoria. Sé hacer los caminos porque reconozco los lugares, como quien sigue las miguitas de pan que dejó la vez anterior. No sabría dibujar una ruta y, aunque si me esfuerzo, puedo trazar sobre un papel un croquis de la ciudad; si bien en ese mapa primitivo las distancias no se corresponden a la realidad. Eso en mi entorno habitual.

Cuando viajo sola a una ciudad desconocida, tengo que aprenderme primero algunos trayectos básicos que voy ampliando con cada nueva salida. Siempre memorizo bien los nombres de los lugares relevantes para poder volver al hotel o a la casa en la que vivo cuando salgo a caminar. Voy siempre, como se ve, bastante perdida, pero parece ser que no se me nota. Me pierdo, sí, pero con absoluto aplomo. Tanto, que parezco local y, esté donde esté, me suelen preguntar direcciones.

Así me sucedió hace poco durante un viaje a Bruselas invitada por el Instituto Cervantes. 

Iba esta vez dejando un doble rastro de miguitas porque me estaba comiendo el bocadillo que había conseguido comprar con mi francés inventado. Estaba tan ufana al constatar que dentro del pan había lo que imaginaba haber pedido, que en ese momento debía de lucir de lo más 'bruselense' ya que se me acercó una pareja joven y me preguntaron por una dirección en inglés. Negué con la cabeza y les dije: "Excuse me. I'm also a tourist". Nos despedimos y entonces me entró la duda. ¿Me había disculpado por no saber la dirección o por ser turista?

Vivo en Barcelona y reconozco que he pasado más de una vez renegando a través de grupos de turistas lentos y algo erráticos, siempre mirando hacia arriba, móvil en ristre, arracimados alrededor de un guía que me cerraban el paso, reconozco que detesto las horrendas tiendas de suvenires llenas de objetos espantosos, que todavía no me he repuesto de la clavada que nos pegaron a mi hermana y a mí la vez que nos despistamos y nos sentamos a tomar una cerveza en un lugar turístico cerca de la Plaza de Sant Jaume, que hay partes de la ciudad que ya no piso porque no hay nada para mí allí. Bueno, qué les voy a contar, lo habitual.

Y, de repente, me di cuenta de que estaba pasándome al otro lado. 

El día anterior, yo había estado trabajando, había participado en una charla, que era la razón de mi viaje. Pero ese día era un día libre, y estaba mutando en turista. Caminaba lentamente, como una turista, en una ciudad en la que me sorprendió que todo el mundo se movía muy deprisa.

Pero bueno, yo no me movía de forma errática, pensé. Tenía un destino: repetir el mismo camino que el día anterior había hecho con otros compañeros escritores para llegar a la Grande Place. Objetivo sospechosamente turístico y al que me dirigía mirando con admiración y curiosidad hacia arriba y no al frente, como hacen los locales. La mutación seguía su curso.

Aferrada a mi bocadillo menguante reconstruí el camino del día anterior para llegar a mi destino. La memoria no me falló: ahí estaba la noria, ahí el mirador, ahí la rampa, ahí la tienda de segunda mano… Cuando me quise dar cuenta, el bocadillo ya había desaparecido por completo y en su lugar estaba el móvil. Mirada arriba y fotos. Otra fase de la mutación se había cerrado.

Llegué a la magnífica Grande-Place. Estaba llena de grupos de turistas que rodeaban a sus guías. Cada uno hablaba en una lengua diferente. Mientras contemplaba uno de los edificios, se puso detrás de mí un grupo conducido por un guía argentino. Hablaba muy bien. Me acerqué, creí yo, discretamente, para escuchar mejor. Notaba a los otros participantes muy cerca, me rozaban. Me volví y el guía me dijo que, si lo deseaba, me podía unir al grupo. Así lo hice. Durante dos horas caminé dejándome llevar por los pasos del grupo, escuché historias, recomendaciones, chistes, poemas… Fui parte de un grupo torpe que la gente esquivaba con fastidio, que los ciclistas miraban con odio, que recibía pitadas de los conductores porque invadíamos la calzada. Durante dos horas muté por completo en turista. Y, ¿saben qué? Creo que me gustó.

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