Artículo de Xavier Martínez Celorrio Opinión Basado en interpretaciones y juicios del autor sobre hechos, datos y eventos

Adolescencias frágiles y alargadas

La pandemia ha servido para destapar los malestares adolescentes (que tienen género) y que antes la sociedad adulta se negaba a reconocer

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Leonard Beard.

Leonard Beard.

La adolescencia como nueva etapa del ciclo vital surge con las sociedades industriales y de consumo de masas como fase intermedia (14-18 años) entre la niñez y la juventud. Es el momento en que también se expande y democratiza la educación secundaria y el servicio militar obligatorio actuaba como ritual de paso masculino en el que 'moría' el adolescente y se transformaba en joven adulto. En las sociedades posmodernas y de la incerteza de hoy en día, la adolescencia se alarga y se prolonga entre los 10 y los 24 años, según una reciente investigación publicada en la revista médica The Lancet. Se ha achicado el espacio, los tiempos y la inocencia de la infancia y, en paralelo, se ha retardado el acceso a los roles y códigos adultos (estabilidad profesional, emancipación y maternidad).

Entremedio, se alarga la adolescencia como período de construcción del 'yo', con más tiempo para la diversión y la evasión, para el juego y el coqueteo, para explorar la sexualidad y la orientación afectiva, para descubrir el mundo y sus peligros, para tantear límites y riesgos, para aceptar o rechazar tu cuerpo y tu género, para viajar y acumular experiencias, para escoger tu trayectoria educativa… en suma, más tiempo para posicionarte ante la vida y tu futuro. Más tiempo adolescente de prueba, ensayo y errores, con segundas y terceras oportunidades, con dilemas de elección difícil y la necesidad de contar con consejeros, orientadores, psicólogos y terapeutas para revertir los riesgos de posibles malas decisiones en el trayecto: perderse, estancarse, sentir vacío vital, soledad o depresión, finalmente.

Antes de la pandemia, el 70% de los adolescentes se sentían solos, el 50% tristes y el 47% faltos de energía e ilusión, según datos de Unicef-España. La pandemia ha servido para destapar un problema estructural que la sociedad adulta se negaba antes a reconocer. A pesar del bienestar material logrado, nuestros adolescentes se sienten más solos, tristes y vacíos que nunca antes en la historia reciente. Con la pospandemia, ha emergido la salud mental y emocional de los adolescentes como una prioridad de la agenda pública y mediática. Y con toda la razón. El confinamiento y la limitación de los espacios de vínculo y socialización ha aumentado el malestar emocional pasando, para las chicas, del 23% en 2016 hasta casi el 39% en 2021. En contraste con los chicos que han pasado del 12% en 2016 hasta el 20%. La desproporción por género también afecta a los casos de depresión y trastornos de salud mental, siendo siempre el doble para las chicas que para los chicos.

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Lo mismo sucede con la insatisfacción corporal, afectando al 63% de las chicas por el 55% entre los chicos. El problema es que, en relación a 2016, las chicas suben 9 puntos, pero los chicos aumentan 19 en insatisfacción con su propio cuerpo. Son datos de la Agencia de Salud Pública de Barcelona. ¿Qué ha pasado? La pandemia ha agravado unas tendencias previas y pre-existentes, cuyo punto de inflexión fue la aparición de Instagram y otras redes sociales como un poderoso agente socializador en el que el grupo de iguales gana poder para evaluar al individuo y este cambia su comportamiento para sentirse aceptado por el grupo.  

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Otra reciente investigación británica destaca la correlación entre estar más de 2 horas diarias conectado y pendiente de las redes sociales y la probabilidad de entrar en depresión. Con 5 horas diarias, las depresiones entre las chicas se disparan hasta el 37% y para los chicos hasta el 14%. De nuevo, las chicas duplican el riesgo. La subordinación femenina hoy no viene dada por su discriminación en el espacio público sino por auto-explotarse en las redes digitales ante su necesidad de aprobación social de sus iguales. Es una forma de alienación que tiene género y una historia silenciada de inseguridades y fragilidad que ni la familia, ni la escuela ni el entorno comunitario han sabido revertir antes.

Aprendamos del error. Ahora toca saber cuidar de los más frágiles, tomarse en serio la adolescencia (sin patologizarla) y superar esa cultura del darwinismo social, que deja siempre de lado a los más débiles. Emanciparse de la violencia simbólica que ejercen las redes sociales y construir más redes de ayuda mutua, cara a cara, también se hace necesario.