ANÁLISIS

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'Liviandoski'

EFE / JOE BUGLEWICZ (Efe)

El gol de Raphinha fue una reivindicación, como una sinfonía que hace que el Barça regrese de un pasado tiñoso. Antes había sucedido el milagro del poste, cuando Fede Valverde desbarató el sueño (cumplido en la época de Guardiola, repetido recientemente, en la naciente era de Xavi) de tener al Madrid en ascuas en anchas zonas del partido. 

Cuando Raphinha convirtió su ilusión de jugar en el Barça en algo práctico, la sustancia del gol, respiramos los que estábamos solos en la madrugada y queríamos algo que justificara la pérdida de sueño, o directamente el insomnio. 

Mi último insomnio debido al fútbol (y al Barça) fue cuando Lewandowski nos hizo morder la lona mientras subía al marcador el último 8 de nuestras vidas, que fue nuestra muerte en vida por algunos años, ¿quizá hasta este año? 

Ahora Lewandowski estaba de nuestro lado, y se notaba. Me gustaba, por ejemplo, que se saludara sobre el césped con los muchachos, Ansu, Pedri, pues esa camaradería es también una transmisión de pensamientos, que así se llaman en el fútbol, también, los sentimientos.

Risas y risillas

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Tarde en el partido vi reaparecer a Piqué, y lo encontré pícaro y suficiente, como a Busquets, al que le buscó cosquillas Vinicius. Este enorme jugador brasileño, que ya ha conocido grandes hazañas, y las que le quedan, quiso convertir el partido en una reivindicación de sus canillas, y por una caída que tuvo declaró la guerra mundial, pero el resultado (es decir, la consecuencia del lance) fue tan solo un conjunto de risas y risillas en las que, al final, hasta el árbitro participó pues aquello no fue otra cosa que una reyerta menor fabricada para que el partido tuviera una historia muy distinta a la que fue. 

Fue un buen partido, al que Modric aportó lecciones, igual que las aportó Lewandowski en la primera parte. Vi que se abrazaban, y quedaban para cenar en Las Vegas, probablemente, el polaco y el alemán Kroos, que son casi parientes, y me volví a la cama como si yo mismo hubiera jugado, pues que el Barça ganara así, y con el futuro nueve que anoche iba de doce, es un alivio que nos retrotrae a la época en que, hasta el final de un 2-8, creíamos que Messi podía hacer milagros. Ahora el milagro tiene un nombre más largo, aunque parezca liviano, liviandoski.