Artículo de Desirée de Fez Opinión Basado en interpretaciones y juicios del autor sobre hechos, datos y eventos

Cine | “Está muy bien hecha”

¿Por qué nos parece normal que algunas películas estén a medio hacer? ¿Por qué hay tantas que parecen cortes todavía inacabados?

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Austin Butler, en un fotograma de ’Elvis’, de Baz Luhrmann

Austin Butler, en un fotograma de ’Elvis’, de Baz Luhrmann / Warner Bros

Es bastante desolador que vuelva a circular una expresión tan vieja como “está muy bien hecha” para referirse a una película. Y, al mismo tiempo, tiene mucho sentido en el 2022 que ese comentario anticuado, que en el fondo puede significar muchas cosas y a la vez ninguna, salga instintivamente en las conversaciones sobre cine. Y no en conversaciones superficiales o desganadas. Coinciden en la cartelera dos películas extraordinarias que, aparentemente, no tienen nada que ver. Una es ‘Black Phone’, lo nuevo de Scott Derrickson (‘Sinister’), una película de terror sobre la convivencia con la violencia y el horror en la infancia. La otra es ‘Elvis’, la historia de Elvis Presley contada por el personalísimo Baz Luhrmann (‘Moulin Rouge’).

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La razón de elegir para este artículo estas dospelículas y no otras es que son dos propuestas con una evidente voluntad comercial y que la gente está yendo a ver al cine. No se parecen en nada pero tienen en común muchas cosas. Para empezar, son dos propuestas muy pensadas por sus directores. En todos los sentidos. Ambos saben de lo que hablan y es evidente que en sus películas hay una búsqueda concienzuda de la mejor manera de contar lo que quieren contar. Los dos filmes también comparten el respeto de sus autores por sus personajes: los conocen, los quieren, se los toman en serio. ‘Black Phone’ y ‘Elvis’ también están unidas por el rigor formal. ‘Black Phone’ es casi una película de terror de cámara: gran parte de la acción sucede en un único espacio, encima, en un espacio prácticamente vacío. Y ‘Elvis’ es colosal. Su ambición narrativa, histórica y emocional se traduce en imágenes tomadas por el exceso (el exceso brillante y, por paradójico que suene, bajo control de Luhrmann). Pero ambas, cada una en sus dimensiones e intenciones, están dirigidas con maestría. Nada en ellas es apresurado y rutinario. Solo hay que ver cómo están puestas en escena. Son películas, por este orden, muy pensadas, bien dirigidas y ¡acabadas! Esto último no es ninguna tontería. Y conecta directamente con el “está muy bien hecha” al que me refería al principio.

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No sé en qué momento hemos relativizado la evidencia de que, desde que se multiplicó la oferta audiovisual hasta el infinito, vemos muchas películas hechas con piloto automático, que se parecen demasiado entre ellas –y no precisamente por compartir virtudes– y a las que es obvio que les falta trabajo por todos lados. En relación a esto último, ¿por qué nos parece normal que algunas películas estén a medio hacer? ¿Por qué hay tantas que parecen cortes todavía inacabados? Por poner un ejemplo, ¿por qué somos inmunes a efectos visuales catastróficos en películas que, ya sea por sus dimensiones o por quienes hay detrás, deberían ser impecables? En algún momento, no hace demasiado, sucedió eso. Nos empezó a molestar menos o, directamente, a dar igual. Así hasta el punto de que nos resulte insólito y exótico que una película esté bien hecha. Hasta el punto de que esa expresión en desuso, a la altura de reliquias como “es un peliculón” o “es cine en mayúsculas”, vuelva a estar en circulación.