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Los que nos mandan

Quiero pensar en Joe Biden y comparto con él la idea de que seguir era ahondar todavía más la sinrazón imperialista y frenar que los afganos hagan poco a poco su propia historia

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Población afgana se agolpa en el exterior del aeropuerto de Kabul

Población afgana se agolpa en el exterior del aeropuerto de Kabul / TWITTER/DAVID_MARTINON (via REUTERS)

Naturalmente, los occidentales no somos perdonables por lo que le pasará a la muy buena gente de Afganistán que confiaba en nosotros, que nos creyó cuando los líderes norteamericanos y europeos garantizaron –en nuestro nombre-- que dejarían democratizado y estable su país, pese a ser uno de los más pobres del mundo. Hemos repetido lo de siempre, lo del colonialismo: al cansarnos irnos dejando atrás desastres irresolubles. Tú y yo formamos parte de esa caravana aunque nos odiemos por ello. Pero quiero pensar en Joe Biden y comparto con él la idea de que seguir era ahondar todavía más la sinrazón imperialista y frenar que los afganos hagan poco a poco su propia historia, aunque sea con tanta sangre como la que llegamos a derramar en la de Europa. Y valoro que Biden no quiera ser un simple comandante en jefe e intente nuevas dinámicas políticas nacionales e internacionales, a partir de unos Estados Unidos tan contradictorios que fueron capaces de elegir a Trump para dirigirles tanto a ellos como a todo Occidente.

Al pensar en los que nos mandan también me asalta el nombre de Macron, que intenta presidir (creo que seriamente) su país a favor de la mayoría silenciosa enfadada y desconcertada. Pero que acepta la libertad de los muchos que no le quieren, administra simultáneamente con cierta habilidad las crisis sanitaria, social y climática, en el contexto de que el viejo continente va perdiendo pistón ante la fuerza bruta y económica y poblacional de unas nuevas potencias que tienen como único dique clásico la capacidad militar norteamericana. Pedro Sánchez tampoco me parece irrelevante, porque intenta movimientos acosado por la, creo, peor oposición del mundo, y en un país gastadísimo en el que nos hemos acostumbrado a llamar libertad a cualquier sectarismo particular. Dicen que es un profesional del resistir y del ganar tiempo por el tiempo, pero la actual España es la menos mala de la última década. Y no quiero olvidarme de las vacilantes pero positivas autoridades de la Unión Europea, a las que siento presentes y a mi favor, ni callar que en un Estado con la justicia tan mal estructurada y dirigida los tribunales comunitarios constituyen mi principal esperanza de cara a mis hijos y mis nietos.

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Detrás de lo anterior tenemos las irrelevancias dañinas. Españoles que han tenido que sobrevivir a la frivolidad de Rajoy, a la corrupción esencial del Partido Popular, a policías enemigos de la democracia como los de Fernández Díaz, al modo alocado de hacer oposición de Pablo Casado, y al poco fuste teórico, práctico y humano del progresismo moderado que predomina psicológicamente entre nosotros desde hace tiempo. ¿Y cómo hemos podido aguantar los catalanes el encadenamiento descendente en valor de Artur Mas, Puigdemont y Torra? ¿Cómo hemos soportado, tanto los constitucionalistas como los independentistas, un 'procés' tan iluso, sentimental, discriminatorio y vacuo como el que ha llenado, con sus sectarismos y rodeado de tanta rendición intelectual, tantos días, sin explicaciones posteriores, sin ambición de reencuentro de ningún tipo, si eso pasa por aceptarnos a nosotros mismos tal como somos?