El desafío estival Opinión Basado en interpretaciones y juicios del autor sobre hechos, datos y eventos

Antes de enchufar el aire acondicionado

Más allá de este sistema agresivo con el medio ambiente, existen numerosos artilugios y estrategias para protegerse del calor en verano

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Una mujer se tapa la cara con un abanico para aliviar el calor en una calle de Pekín.

Una mujer se tapa la cara con un abanico para aliviar el calor en una calle de Pekín. / REUTERS / DAVID GRAY

Solo hay dos sistemas para protegerse del calor: evitarlo o aliviarlo. Para evitarlo, toca ponerse a la sombra. Esta puede ser natural o artificial, fija o móvil. El árbol ha sido secularmente el gran protector solar perenne. Bajo su copa frondosa encontramos el paraíso, al calentarse sus hojas, impulsan el aire, que asciende atrayendo el aire inferior más fresco. Lugar idóneo para la lectura o una rica siesta. Aun y así, el ingenio humano ha sabido mejorar la naturaleza creando la pérgola. Una simbiosis entre arquitectura y verdura. Colocada estratégicamente, no muy alta, con una buganvilia o glicinia –mejor que parra o yedra– permite protegernos, y a la vez consigue que en invierno el benéfico sol pueda acariciarnos. La sombra de pérgola es mucho mejor que la de porche, donde el techo sólido encajona el aire y dificulta su circulación. También podemos llevarnos la sombra allá donde fuéramos. Bien sea con un palo y un tejido superior, o, más liviano, con un alero o visera encasquetado en nuestra cabeza en forma de sombrero. El nombre lo dice todo.

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En el ámbito de la arquitectura encontramos sabias lecciones refrescantes, la primera, saber orientar la casa. Nuestros abuelos lo hacían de maravilla. Abrían el balcón a sur –eso sí, bajando la persiana, otro refinado diseño, para que la radiación no entrase– y una ventana en la parte norte. La fachada soleada se calentaba elevando el aire más ligero y arrastrando el del interior desde su zona más fresca. Así se generaban benditas corrientes de aire, que además de portazos se cargaban de vez en cuando algún vidrio.

También podemos interactuar con la ropa. Y aquí tenemos una contradicción. Por un lado, nos apetece estar lo más desnudos posible. Pero por otro, no podemos exponer el cuerpo al sol por las quemaduras. El aumento de cánceres de piel es preocupante. Mejor llevar ropa que cubra todo el cuerpo, incluidos brazos y piernas. Se ha demostrado que la ropa oscura y más densa es la que mejor protege de los perniciosos rayos ultra violeta. El uso de ropa blanca en estío, al reflejar el sol da más frescura, pero a la vez deja pasar más radiación. Tal vez por eso los pueblos del desierto se cubren con colores oscuros, eso sí, de forma holgada, para permitir la traspiración. Esa es la clave. Desde 1996 existe un etiquetado para la ropa, el UPF, desarrollado por científicos australianos, donde algunas marcas indican el grado de protección de cada prenda, especialmente las deportivas. Un UPF 50 indica que solo una de cada 50 partes atraviesa el tejido. Otro adminículo para protegerse del sol son las gafas de ídem, ideadas para los aviadores militares y posteriormente civilizadas.

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El segundo sistema para combatir el calor es aliviarlo generando frío. Se consigue moviendo el aire para provocar la sensación de frescor por convección. La evaporación de nuestro sudor rebaja la temperatura sensitiva. Tal cómo funciona un botijo, que con la porosidad de su superficie permite que la evaporación extraiga calor de su contenido interior, y por tanto lo enfríe. Podemos mover el aire con la mano, una hoja, un paipai o un abanico plegable, sofisticado invento procedente de Oriente que, a través de Portugal, llegó a España. Aquí supimos convertirlo no solo en un aliviador del calor, sino en sistema de mensajes preSMS, y complemento artístico de moda que triunfó en las cortes europeas. Se conocen otros ventiladores antiguos, como lonas colgadas en el techo que se activaban con cuerdas de forma manual. Y con la electrificación llegó la ventilación automática.

Si ninguna de estas estrategias de confort térmico nos calma, podemos darnos un baño o zamparnos un helado. Aunque un vaso de agua caliente quita más la sed. O, in extremis, darle al botón ‘on’ del aire acondicionado. Solo este ingenioso sistema ha conseguido hasta la fecha enfriar el aire de forma real: simplemente jugando con la presión y descompresión de un gas. Eso sí, gastaremos electricidad y entraremos en una espiral peligrosa: contribuiremos a cargarnos la capa de ozono, que a su vez hará más peligrosa la radiación solar y hará que conectemos más el aire acondicionado. La factura de la luz, desbocada este verano, amenaza con abrasarnos. Sin z.

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