Cultura y covid

España, la excepción musical europea

A diferencia del resto de países, ha abierto al público las puertas de sus teatros y salas de concierto durante la pandemia

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El pianista Evgeny Kissin en el Palau de la Música, el pasado 7 de abril.

El pianista Evgeny Kissin en el Palau de la Música, el pasado 7 de abril. / Pere Francesch / ACN

El mismo día en que Alexander Neef, director de la Ópera de Paris, anunciaba que las dos sedes de aquel teatro seguirían cerradas al menos hasta junio debido al covid-19, una de las grandes orquestas francesas del momento, Les Siècles, actuaba en el Palau de la Música de Barcelona. Al final de un concierto memorable (Ravel y Saint-Säens), largamente aplaudido por el público, el director François-Xavier Roth sacó un papel y en un catalán tirando a pésimo, aunque se le entendió todo, dijo que Barcelona se ha convertido “en la capital mundial de la música”. Y lo agradeció con un bis, la ‘Farándula de L’Arlesienne’, de Bizet, una música que invita al optimismo como bien saben los escultistas y excursionistas que han cantado aquello de levantar el vuelo porque brilla ya una nueva mañana.

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Hacía apenas una semana, en el mismo podio del Palau, otro gran director, Daniele Gatti, visiblemente emocionado al final de dos días de actuación al frente de la Mahler Chamber Orchestra (integral de las sinfonías de Robert Schumann), se dirigió al público. Era la primera vez en muchos meses, dijo, que la orquesta, formada por jóvenes de distintos países europeos, actuaba en una sala con público. Gatti felicitaba a España por mantener abiertos los auditorios y teatros de ópera, hecho que merecía su ovación y la de toda orquesta, ovación que se entremezcló con los aplausos del público que ya llevaba un buen rato puesto en pie. Pura emoción compartida.

En Europa, en estos larguísimo meses de pandemia, teatros y auditorios han permanecido y permanecen cerrados al público aunque las orquestas, grupos y solistas que forman parte de una institución no han estado ociosos. Han podido trabajar con cierta regularidad, pero lo han hecho ante salas vacías, con interpretaciones destinadas a retransmisiones en ‘streaming’ u otras formas de reproducción digital.

Un músico lo que necesita es el público, debe sentir que delante del escenario está el receptor de su trabajo, personas de carne y hueso con las que crea una conversación sin palabras, pero fundamental, una atmósfera que será irrepetible, única. Hay un (re)conocimiento mutuo, un intercambio que trasmite emociones. El director Riccardo Frizza decía que un teatro sin público no tiene sentido alguno, es un teatro muerto. Y así es.

En esto España ha sido diferente. Ha sido la excepción musical europea abriendo al público las puertas de sus teatros y salas de concierto a diferencia del resto de países. Lo ha hecho con todos los protocolos de seguridad para público, personal e intérpretes. El coste, sin duda, es enorme. El Teatro Real, por ejemplo, dice haber gastado cerca de un millón de euros para garantizar la seguridad, aunque tampoco han faltado disgustos que hacían peligrar la apertura. Sin embargo, mantener cerrados teatros y salas sería mucho más costoso y no solo en términos económicos. La continuidad, el futuro, requiere la preservación de los distintos proyectos artísticos. También es imperativo mantener la fidelidad del público. La pandemia ha generado una gran atomización de estímulos con el riesgo de perder a franjas de espectadores y, en sentido contrario, también permite crear nuevos vínculos.

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Para abrir las puertas al público ha sido necesario modificar los programas originales ya alterados por el virus. Han caído obras e intérpretes previstos, pero han aparecido otros inesperados debido a la total disponibilidad de los artistas. Así, Gustavo Dudamel, sin poder subir al podio de la Filarmónica de Los Ángeles de la que es titular, pudo dirigir en el Liceu, con un grandísimo éxito, el reciente ‘Otello’ verdiano. Y grandes figuras que en el pasado eran difícilmente alcanzables se están ofreciendo a los teatros.    

Acostumbrados a ser culturalmente una excepción en negativo en el panorama europeo, ahora lo somos en positivo, admirados y envidiados internacionalmente. El tenor mexicano Javier Camarena decía que el esfuerzo que hace España no tiene parangón y el austríaco Andreas Schager, que interpretaba ‘Siegfried’ en Madrid, al final de cada representación besaba el suelo del escenario y ponía un mensaje en las redes sociales retando a su país a abrir al público las puertas de los teatros. Que cunda el ejemplo porque la cultura puede ser segura.