Obituario

Arcadi Oliveres: un maestro generoso

Arcadi ha sido una referencia para muchos de nosotros respecto de cómo 'estar' y 'hacer' en este mundo, pero este magisterio se ha hecho más patente durante estas últimas semanas

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Arcadi Oliveres en su casa el día 8 de marzo de 2021.

Arcadi Oliveres en su casa el día 8 de marzo de 2021. / JULIO CARBÓ

Tengo que empezar esta carta de despedida diciendo que Arcadi ha sido un maestro atípico por su extraordinaria capacidad didáctica y su generosidad. Como casi todo el mundo, lo conocí escuchándolo en una charla sobre cooperación y desarrollo. Yo era estudiante de bachillerato y Arcadi, entonces presidente de Justícia i Pau, vino a Banyoles a dar una conferencia. Que Arcadi viniera a mi pueblo a hablar era un privilegio para un joven como yo, pero para él las charlas eran una actividad que formaba parte de su vida y que hizo incansablemente por toda la geografía del país. Hace unos años me comentó que durante décadas hacía una media de 340 charlas al año y que siempre se desplazaba en transporte público. Si tenía disponibilidad él iba a hablar donde le invitaran, y nunca quería cobrar por esta tarea. Así pues, no es extraño que hoy miles y miles de personas lo hayan escuchado en persona y recuerden su capacidad de exponer de forma sencilla y clara las razones por las que hay demasiadas injusticias y por las que hay que luchar.

Es fácil recordar la imagen de cómo Arcadi solía llegar a los múltiples lugares donde la esperaban, siempre con un poco de prisa, cojeando un poco, con jersey y camisa, un abrigo desabrochado y una mochila llena de papeles que casi nunca usaba. Cuando hablaba Arcadi iba desarrollando de forma precisa argumentos, exponía con pelos y señales (y nombres propios) quiénes eran los malvados de la película y también daba -para terminar- alguna brizna de esperanza, vinculándola a la capacidad de los pequeños gestos de las personas que conformaban el auditorio. Un día le pregunté de dónde sacaba tanta información y cómo la procesaba, y él me dijo que cada día intentaba leer con detenimiento (en sus desplazamientos) la prensa de muchos países, y que uno de sus placeres más preciados era repasar todos los números del año de 'Le Monde Diplomatique' durante los días de vacaciones.

Pero Arcadi, además de pedagogo de la justicia y de la resistencia, ha sido un activista de múltiples causas para un mundo mejor. Solo por citar algunas cabe destacar su lucha contra el franquismo y sus herencias, por la abolición del servicio militar obligatorio, contra el gasto militar, por la abolición de la deuda externa de los países empobrecidos, por el altermundismo y contra el capitalismo rapaz. Todo ello, además, lo hizo de manera amable y siempre señalando que, en cada una de las luchas, todo el mundo tenía cabida. En este sentido Arcadi siempre dijo que para cambiar el mundo no hacían falta héroes, sino muchas personas dispuestas a hacer pequeños cambios sustantivos. Su rebeldía era tranquila pero firme, y muy alejada del sectarismo y el personalismo que a veces pervive.

Más allá de lo que decía, no obstante, estaba su actitud sencilla, discreta y digna. A menudo -por no decir siempre- Arcadi era uno más. Quiero destacar, por ejemplo, su presencia permanente en los cursos de verano de la Universitat Internacional de la Pau en Sant Cugat, donde siempre asistía como oyente, tomando notas y preguntas con interés y curiosidad.

En este sentido no hay duda que Arcadi ha sido una referencia para muchos de nosotros respecto de cómo 'estar' y 'hacer' en este mundo, pero este magisterio se ha hecho más patente durante estas últimas semanas en que nos ha mostrado su última lección: la manera de irse.

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La última vez que hablé con él, hace dos semanas a través del teléfono de su mujer Jeanine, Arcadi me dijo que estaba físicamente jodido pero emocionalmente bien. Estaba contento de poderse despedir de las personas que la querían, emocionado de los mensajes que había recibido en el 'muro digital' que su familia habilitó para apoyarlo, y contando con fortaleza que no podía desfallecer después del actitud que había tenido su hijo Marcel ante la misma enfermedad. También exponía con ilusión que estaban haciendo una recopilación de memorias sobre su vida para el nieto que estaba en camino y que tal vez él no podría llegar a conocer.

¿Qué más se puede decir de Arcadi que no se haya dicho durante estas últimas semanas? A mí solo se me ocurre decir que era imposible no querer a Arcadi.