Alarmante testimonio de un policía

El inspector que investigó la trama Gürtel y la caja b del PP denuncia en el Congreso que la corrupción en la cúpula policial persiste. Solo cabe una respuesta, y urgente: investigar y, en su caso, depurar

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Alarmante testimonio de un policía

DAVID CASTRO

En la escalera de vecinos donde crecí, en un barrio obrero de Barcelona (ni humilde, ni modesto: obrero), vivía un gris. Un agente de la Policía Armada del franquismo. Era un hombre alto, de cabello cano pese a su juventud y muy reservado.

Los vecinos, todos trabajadores jóvenes, muchos de ellos antifranquistas y algunos militantes clandestinos, no se llevaban con el gris. En mi adolescencia, solía imaginarlo con rabia dando porrazos en las manifestaciones o guantazos en un calabozo de Via Laietana. En realidad, nunca supe cuál era el trabajo concreto del policía de mi escalera.

Muchos años más tarde, 30 o 40 por lo menos, tuve una noticia del gris. La gran nevada de la Navidad de 1962 pilló a mi padre en cama con una fiebre altísima. Vivíamos en un piso minúsculo pero con una terraza grande. Esta se colmó de nieve hasta el filo del antepecho y amenazaba con hundirse. El primer vecino que llegó con una pala para ayudar a echar la nieve a la calle, recordaba mi padre, fue el policía de la escalera. Eso no cambió las cosas. Los vecinos seguimos sin llevarnos con él.

Las ideas preconcebidas, bajo su aparente solidez, inducen en ocasiones al desconcierto. Unas veces, incomodan; otras, confunden; algunas más, traicionan.

Un unicornio azul

En 2005 o 2006 conocí a otro policía, un mosso, que me descolocó. La compañera del diario que cubría los sucesos me lo presentó en un almuerzo. Al salir del restaurante, el mosso se ofreció a acercarnos a la redacción. Para sentarme en su coche, hube de apartar la caja de un CD que había en el asiento: Unicornio, de Silvio Rodríguez. Mi unicornio azul / ayer se me perdió / y puede parecer / acaso una obsesión / Pero no tengo más / que un unicornio azul / Y aunque tuviera dos / yo solo quiero aquel / Cualquier información / la pagaré / Mi unicornio azul / se me ha perdido ayer / Se fue.

Ay, las ideas preconcebidas. La situación me alegró. Escuchar aquella canción en aquel coche se me antojó una metáfora gozosa de la transformación del país.  

Casi una década más tarde, volví a ver al mosso del CD. Se esforzaba en desacreditar a los testigos y las investigaciones periodísticas sobre el fallecimiento del ciudadano Juan Andrés Benítez, muerto a golpes en la calle por una patrulla de los Mossos. Algo después, en 2017, el mismo agente, con uniforme, galones de máxima autoridad policial y arma reglamentaria al cinto, compareció en una rueda de prensa y señaló amenazadoramente a dos periodistas de este diario por haber publicado una información al parecer inconveniente para el Ejecutivo de Puigdemont y su policía. Cómo pueden llegar a enredar las ideas preconcebidas.

Lobos y corderos

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Esta semana, otro policía ha testificado en el Congreso. Un testimonio inquietante. Manuel Morocho, el agente que investigó la trama Gürtel y la caja b del PP, ha relatado las trabas que opuso a su trabajo la cúpula policial del Gobierno de Rajoy. Distracción, obstaculización, traslados, encargos adicionales para boicotear las pesquisas… Asqueado e impotente, acabó abandonando la brigada anticorrupción por un destino presumiblemente insípido en el puesto fronterizo de Canfranc. Con todo, lo más alarmante del relato de Morocho es que no se circunscribe al pasado: denuncia que las cosas siguen más o menos igual con el Gobierno de Sánchez.

Las ideas preconcebidas tienen una capacidad de enredar infinita. Ni las suposiciones ni las lógicas aparentes tienen valor; solo cuentan los hechos. Ante una denuncia de tal peso e importancia (lobos cuidando de los corderos, la peor de las corrupciones posibles) solo cabe una respuesta, y urgente: investigar y, en su caso, depurar la cúpula policial.