Editorial

Crucigrama político en Israel

Las cuartas elecciones en dos años vaticinan una azarosa vida al Gobierno en funciones y una gran incertidumbre en el futuro de Netanyahu

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Benjamin Netanyahu y su mujer, Sara, votan en las elecciones.

Benjamin Netanyahu y su mujer, Sara, votan en las elecciones. / REUTERS / RONEN ZVULUN

El progreso de la campaña de vacunación en Israel no ha bastado para dar al primer ministro en funciones, Binyamin Netanyahu, una mayoría suficiente que le evitara encarar un largo y trabajoso proceso negociador, seguramente de meses, con los partidos que representan al fundamentalismo mosaico, a la extrema derecha laica y quizá al islamismo, que se ha presentado a las legislativas con la Lista Unida Árabe, encabezada por Mansur Abás. Los sondeos a pie de urna no se han confirmado y las cuartas elecciones en dos años vaticinan una azarosa vida al Gobierno en funciones y una gran incertidumbre en el futuro de Netanyahu, necesitado de seguir al frente del Ejecutivo para contrarrestar la acción de los jueces, que lo acusan de corrupción. Y al mismo tiempo, otorga nueva vida al intrigante Naftalí Bennett, líder de Yamina, una formación ultra que con solo siete diputados podría exigir carteras importantes si, como parece, desempeña un papel determinante para completar la mayoría.

El hecho de que en un Parlamento de 120 escaños hayan logrado representación hasta 13 candidaturas y de que la configuración de dos bloques antagónicos tiende más a la geometría variable que a la cohesión interna complica enormemente llegar a acuerdos. La atomización de partidos, con el Likud de Netanyahu como único superviviente con peso del añejo bipartidismo imperfecto –el laborismo dejó de ser una fuerza decisiva hace tiempo–, condena al barroquismo a unas negociaciones a menudo indescifrables para la opinión pública que desembocan en coaliciones de Gobierno extremadamente débiles.

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En medio de una crisis económica, entraña muchos riesgos para Netanyahu verse forzado a convocar de nuevo elecciones antes de que acabe el año. Pero, de momento, hay algunos interesados en alargar las negociaciones. Entre ellos se cuenta Yair Lapid, la exestrella de la televisión que lídera Yesh Atid, un partido centrista laico que ha obtenido 17 escaños y que aspira a ser el motor de una coalición arcoíris que desbanque a Netanyahu después de 12 años al frente del Gobierno. Y similar interés en demorar el desenlace tiene Benny Gantz, el efímero aliado del Likud que, conforme a lo firmado el año pasado, podría convertirse en un inesperado primer ministro en funciones en noviembre si para entonces siguen atascadas las negociaciones.

En buena lógica, ni Gantz, que con Azul y Blanco ha pasado de 31 a 8 escaños, ni Abás, dispuesto a pactar con quien garantice inversiones que beneficien a los árabes de Israel, deberían tener posibilidades de influir en el proceso, pero nada es descartable en el empeño de Netanyahu de armar una mayoría de Gobierno. Todo es posible con tal de resolver el crucigrama, incluso que ninguno de los implicados en las negociaciones mencione al menos una vez el conflicto con los palestinos