Un mundo sin matices

Da todo igual

Se nos exige tener opinión sobre todas las cosas y con unos criterios robustos, sin margen para las medianías y las dudas

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Da todo igual

Lo más costoso de lo que se pide para que te dejen vivir es esa exigencia de tener opinión sobre todas las cosas, con lo a gusto que uno diría no lo sé al primero que venga con preguntas. Ocurre que si dices no lo sé te dejan fuera, como quien no ha visto la serie del momento, y la conversación de los demás zarpa mientras tú te quedas en tierra con lo puesto. Han hecho el mundo de blancos y negros y a las calles se sale con mascarillas, geles y doctrinas en su sitio.

Antes bastaba con un prejuicio y con ojear la solapa de un par de libros; ahora en cambio hace falta nada menos que un criterio, como si fuera sencillo agarrar un tema y comprenderlo. Y no alcanza con que sea uno: se precisa saber de las vacunas y de los contagios, de libertad de expresión o el cambio climático, de la renovación del poder judicial y a ver qué hizo de verdad el Rey la noche del 23-F, del último disco de C. Tangana y del 'Barçagate'. Nunca sabes de qué color será el quesito del día, pero trivial hay seguro. Tenemos más polémicas que tiempo para entenderlas, pero hay que posicionarse rápido: entender u opinar, que todo no se puede.

La sencillez funciona

Para viralizar mejor, la opinión tampoco puede enredarse en alambiques y se prefiere que los razonamientos se simplifiquen en esto está bien o está mal. Un año, mientras los demás partidos se gastaban los dineros en estrategas, Mariano Rajoy redujo el mensaje de su campaña a una frase para niños que él, sin embargo, repetía a los adultos: “O gano yo o ganan los malos”. Ganó él, claro: Rajoy era imbatible con las frases cortas. Cuanto más complejo es el mundo, mejor funciona la sencillez, y la realidad es que el mundo se ha puesto inexplicable, de manera que lo que no se llena de respuestas lo han ido a ocupar las opiniones. Y las creencias.

El psicólogo Daniel Kahneman lo vio mucho antes de la epidemia: “Es más fácil construir una historia coherente cuando nuestro conocimiento es escaso”, escribió en 'Pensar rápido, pensar despacio'. “Nuestra consoladora convicción de que el mundo tiene sentido descansa sobre un fundamento seguro: nuestra capacidad casi ilimitada para ignorar nuestra ignorancia”. En este mundo incierto surge un número creciente de personas seguras de lo que creen y que, más aún, toman lo que creen por lo que saben.

Si en los medios de comunicación hay debate, se está dando voz a los críticos y, si no lo hay, falta pluralidad

El criterio que uno tenga debe ser un criterio robusto por supuesto, igual que un leño, porque no está claro si las opiniones servirán para los tuits o para que prendan en piras. Ha de ser robusto por supuesto, porque más feo que cambiar de equipo de fútbol está cambiar de opinión y si lo hace un político, se le señalará con varios kilos de hemeroteca. Estará justificado las más de las veces, pero, aunque fuera solo por estadística, es improbable que las rectificaciones sean siempre errores. Que no vayan a ser aciertos.

El caso es que así hemos dispuesto nuestro debate, sin margen para medianías ni matices, que vuelven en sospechoso a quien los use. O peor, en equidistante: apenas ya nadie dice no lo sé. Si Nietzsche mató a Dios, nosotros estamos a punto de matar las dudas, resueltos a tener una impresión sobre C. Tangana y el cambio climático justo cuando más compleja se ha vuelto la realidad. Será quizá por eso: porque necesitamos, al menos, unas pocas seguridades cuando el único refugio lo ofrecen las trincheras. Ideológicas, identitarias, algorítmicas o hasta fiduciarias.  

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La dificultad para el debate está en que las creencias son imposibles de rebatir, porque a cada argumento crítico contestan con que aquí rige la libertad de expresión y todas las impresiones valen lo mismo. Complica las cosas que se vea detrás de la opinión la mano de un partido, de las tecnológicas, los bancos o de George Soros. Nos pasa a los medios, por el empeño de aquellos que quieren arrinconar al periodismo. A las líneas editoriales las llaman intereses ocultos -¡ocultos!, en quien sale a la luz cada día-. A las crónicas, escritos al dictado. Si hay debate se está dando voz a los críticos y, si no lo hay, falta pluralidad. Da igual entonces lo que les digas, da igual todo. Que no se confunda esto con la falta de autocrítica, que la hemos hecho y reiterada. Pero vivir en la conspiración constante es otra cosa. Agotadora, por cierto. Aunque eso no sea más que una opinión.