La estrategia

El transformismo de Puigdemont

El giro izquierdista del expresidente puede parecer descabellado, pero en Catalunya todo vale cuando se trata de poner a parir el Estado

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Carles Puigdemont en un acto de campaña de Junts, en Vic. 

Carles Puigdemont en un acto de campaña de Junts, en Vic.  / Pere Francesch (ACN)

La noche del 14 de febrero, mientras los suyos celebraban la victoria del independentismo, Carles Puigdemont torcía el gesto en Waterloo. No solo porque Laura Borràs llegaba en tercer lugar, detrás de Salvador Illa y Pere Aragonès. Su semblante turbado obedecía a otras razones. Que Junts per Catalunya cosechara uno de los peores resultados del nacionalismo conservador no le quitaba el sueño. Ni siquiera la humillación que suponía quedar por detrás de los vendepatrias de Esquerra Republicana. Como siempre, o casi siempre, él lo tenia todo previsto. De haber ganado, la victoria hubiese sido suya. Al perder, la derrota era de Borràs, la candidata que él nunca quiso. Entonces, ¿por qué fruncía el ceño el expresidente? Porque la izquierda obtenía 83 diputados, algo que no había ocurrido nunca. Por muy atrabiliaria que sea, la suma de los escaños de izquierda (o que se consideran como tales: el PSC, ERC, la CUP y los 'comuns') sumaba 22 diputados más que en 2017. 

¡Todo a babor! Puigdemont llamó a los suyos a hacer frente a la mala mar virando la embarcación de tal modo que los vientos que soplaban les fueran favorables. Borràs lo tuvo más fácil que otros, porque durante la campaña ya había explicado que era más de izquierdas que Illa; Elsa Artadi, tuvo que borrar unos cuantos tuits compartiendo ideas políticas con Xavier Sala Martin, el más neoliberal de los economistas catalanes, y Joan Canadell se sometió a una sesión de ‘morfing’ para hacer olvidar su condición de seguidor de Donald Trump. Con el giro, Puigdemont mataba tres pájaros de un tiro. Le embarraba la investidura a Aragonès, amarraba la CUP a su popa y sembraba cizaña en las filas de los 'comuns'. Si salía bien, cerraría el paso a las tentaciones pecaminosas de Joan Tardà de explorar otras rutas que conducen a mundos desconocidos y, si todo se iba al traste, habría que repetir elecciones con una Esquerra desnortada y sin el PDECat. ¡Bingo!

El encarcelamiento innecesario de un rapero le ofreció una oportunidad imprevista. Utilizaría a Hasél. Los suyos le podían haber advertido que el rapero de Lleida no es un ángel, y que había amenazado al alcalde de la ciudad con pegarle un tiro

El transformismo izquierdista de Puigdemont puede parecer descabellado teniendo en cuenta que él es una criatura de Jordi Pujol y que llegó a la presidencia de la Generalitat de la mano de Artur Mas. Pero el expresidente sabe otear por dónde soplan los vientos. Al menos, en el corto plazo. El encarcelamiento innecesario de un rapero le ofreció una oportunidad imprevista. Utilizaría a Hasél en Catalunya como ha utilizado a Valtónyc en Bélgica. Los suyos le podían haber advertido que el rapero de Lleida no es un ángel, y que había amenazado al alcalde de la ciudad con pegarle un tiro, o ‘un navajazo en el abdomen’, pero no lo hicieron. Por insospechadas que sean, las decisiones del jefe siempre son acertadas. La CUP se encargaría de recordarle a Illa que la izquierda de verdad no estaba con él, sino en contra, y a ERC que la calle seguía vigilante. Los contactos que Puigdemont mantiene con los 'cuperos' le aseguraron que esto seria Troya, y el pensó que lo del navajazo en el abdomen del alcalde quedaría en nada, ante el ataque a la libertad de expresión que suponía su encarcelamiento. 

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En Catalunya, todo vale cuando se trata de poner a parir al Estado. Hasél sostiene que nada cabe dentro de la ley. El independentismo más irredento, también. Y aunque los objetivos del rapero sean otros, lo importante es esta coincidencia. Una pancarta exhibida en la Via Laietana lo resumía de este modo: "Nos habéis enseñado que ser pacíficos es inútil". Un lema procedente de la Revolución de los Paraguas de Hong Kong que fascinó tanto a Puigdemont que allegados suyos visitaron la antigua colonia británica. Un mote perfecto. Un paraguas debajo del que caben los cabreados por la impotencia del 'procés' y los jóvenes hastiados de la política.Y así fue cómo Barcelona se llenó de fogatas y de humo. La factura de la maniobra y sus consecuencias políticas son conocidas. Puigdemont consiguió acorralar a ERC en el rincón del cuadrilátero donde se juega la investidura -Aragonès tardó seis días en apoyar a los Mossos-, estuvo en un tris de desestabilizar el Gobierno de Sánchez, borró de los titulares la propuesta formulada por Salvador Illa de un Gobierno progresista, y volvió a dañar la imagen de España, en vísperas de la votación del Parlamento Europeo sobre su inmunidad. ¡Bingo!