Ágora

¿La vacuna imposible?

Un minúsculo virus ha sacado a la luz la infradotación de los recursos sanitarios

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Un vial con la vacuna de Pfizer y BioNTEch contra el coronavirus.

Un vial con la vacuna de Pfizer y BioNTEch contra el coronavirus. / EP

Ya tenemos vacunas para neutralizar los efectos biológicos adversos del virus del covid-19. Por fin, ¡nada más y nada menos que una vacuna! Nada menos, pero, desgraciadamente, ¡poco más que una vacuna! Si algo hemos aprendido de la pandemia que ha paralizado a todo el Planeta es la profunda interconexión existente entre todos los subsistemas que componen esa realidad compleja que llamamos globalización. Un virus de apenas 67 nanómetros de diámetro ha puesto en jaque el sistema inmunitario de cada uno de los infectados, pero, además, los sistemas económicos, educativos, sanitarios, comerciales y políticos del mundo entero. Todo el cuerpo ecosocial se ha resentido por una infección sistémica; y, ante la magnitud de los síntomas, se antoja insuficiente el remedio de una vacuna que «solo» es capaz de modificar cadenas de ARN mensajero.

Como en el cuento del rey desnudo, un minúsculo virus ha venido a recordarnos que llevamos mucho tiempo en cueros, por más que aduladores neoliberales se afanen en elogiar los falsos ropajes de un cuerpo social aquejado de sobrepeso norteño. Sesenta y siete nanómetros han bastado para sacar a la luz la infradotación de los recursos sanitarios de estados de bienestar en riesgo de colapso. Una sanguijuela vírica incapaz de vivir por sí misma, nos ha confrontado con la tesitura política de elegir entre la aparente eficacia de regímenes totalitarios frente al desorden de democracias indisciplinadas. Una breve secuencia genómica de tan solo cuatro letras ha puesto en evidencia la inequidad de sistemas educativos nacionales que privilegian a las clases pudientes con acceso a tecnologías 'e-learning'. 

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Llevamos mucho tiempo enfermos, descuidando el principio básico de que en salud vale más prevenir que curar. Vacunas y antibióticos son dos de los mayores logros de nuestra civilización, y hacemos bien en sentirnos orgullosos de formar parte de la única especie animal capaz de reescribir su propio código genético. Nada menos, pero…, ¡nada más! No pretendo ser aguafiestas, es momento de brindar, sacar pecho y, por qué no, dejarse llevar por algún exceso verbal: ¡no hay nada que no podamos resolver! Pero pasados estos momentos de razonable euforia, conviene volver la vista hacia nuestros «éxitos» y preguntarnos si queremos fiar el futuro del Planeta a los remedios drásticos y puntuales de vacunas milagro o al fortalecimiento paciente del entramado de las redes de cuidado que sustentan nuestras vidas cotidianas –también las de aquellos científicos y científicas que han fabricado las vacunas–.

Hemos aprendido que el desarrollo de las vacunas pasa por cuatro fases clínicas, la vacunación masiva de la población que ahora comienza es la última de ellas, pero haríamos mal en dar por concluido el «ensayo social» con los cuatro tiempos del «ensayo clínico». El cuerpo ecosocial que sigue padeciendo enfermedades crónicas como hambrunas, migraciones forzosas, fronteras fratricidas, conculcación de derechos humanos, tiranías financieras o el expolio de recursos naturales, necesita imperativamente el añadido de una quinta fase que ponga remedio sociopolítico a los sufrimientos insoportables de la inmensa mayoría de la humanidad.

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La pandemia ha espoleado nuestra capacidad científico-tecnológica, y la proeza de haber puesto nuestras mejores energías, medios y saberes en el empeño común de fabricar un remedio eficaz para el mal que nos aquejaba, forma ya parte de nuestro legado civilizatorio. Pero, además, la pandemia nos ha confrontado con nuestra vulnerabilidad constitutiva, nuestra interdependencia ecosocial y nuestra necesidad de cuidados. Y es aquí, en la reconfiguración de un orden social articulado en torno a los cuidados, donde se juega el futuro y la eficacia de la quinta fase de una vacuna tan imposible como necesaria. Poner los cuidados en el epicentro de un nuevo ordenamiento social y hacer que la economía, la educación, la política, la sanidad, la tecnología y los recursos naturales orbiten como satélites en torno a ellos, es el desafío humanitario de una fase V que no ha hecho más que empezar.

Por cierto, nuestro cuerpo ecológico empieza a mostrar de nuevo síntomas febriles después de un año de notable mejoría. Y es que las vacunas solucionan mucho, pero no todo.