ACUERDO TRIPARTITO

Autodeterminación rehusada, conflictos perpetuados

El intercambio de concesiones de EEUU, Marruecos e Israel pone, como en tantas otras materias, en un brete a Joe Biden.

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Una mujer marroquí sostiene una bandera de EEUU.

Una mujer marroquí sostiene una bandera de EEUU. / Jim Young / Reuters

Pocos dudaban que las últimas semanas de Donald Trump en la Casa Blanca traerían consecuencias para Oriente Próximo y el Norte de África. Algunas apuestas apuntaban a una profundización de la máxima presión sobre Irán; otras aseguraban que daría las últimas puntadas a su estrategia hacia Israel/Palestina, que incluyó un traslado de embajada, un ‘acuerdo del siglo’ que poco tenía de paz, el cierre de la oficina de la OLP, un golpe casi mortal a la agencia para los refugiados palestinos y, como último ‘éxito’ la normalización de relaciones entre Israel y algunos países árabes. Tras Emiratos Árabes Unidos (EAU), Bahréin y Sudán, Marruecos se perfilaba como uno de los candidatos predilectos. A cambio de que Washington reconociera su soberanía sobre el territorio del Sáhara Occidental, siguiendo un patrón de política exterior pretendidamente transaccional que va mucho más allá, ya que valida las acciones unilaterales y consolida asimetrías de poder a nivel global. El intercambio tripartito de concesiones pone, como en tantas otras materias, en un brete a Joe Biden.

¿Por qué Marruecos, por qué ahora? Rabat ha intensificado su llamamiento a que países validen su ocupación, con victorias como Gabón y EAU. La monarquía se ha visto además confrontada con un conflicto revivido, tras 29 años de alto el fuego y una promesa de referéndum incumplida, en un contexto internacional incierto para el que los ‘conflictos olvidados’ no son una prioridad, pero también en un momento extremadamente sensible para varios de sus vecinos, particularmente Argelia como uno de los soportes clásicos del Frente Polisario. Marruecos necesitaba apoyos y, aunque obtuvo el beneplácito de París, no le bastaba. El de Washington representa un sostén extremadamente simbólico, sobre todo en caso de escalada del enfrentamiento en una zona de equilibrios peliagudos.

Existen varios puntos en común entre los contextos a Oeste y Este del Mediterráneo, gran parte de los cuales derivan de la estrategia de colonización del territorio por parte de los estados que hoy normalizan relaciones. El establecimiento del Estado de Israel no hubiera sido posible sin la colonización de la Palestina histórica. Marruecos aprovechó la incertidumbre en el Madrid de 1975 para ocupar el territorio destinado a la República Árabe Saharaui Democrática. Otro paralelismo deriva de la postura de la sociedad de estados.

En el caso del Sáhara Occidental, la España franquista pospuso el proceso de autodeterminación hasta el último momento. En el caso de Palestina, Reino Unido dejó el asunto en manos de Naciones Unidas: se decidió la partición del territorio sin poner en marcha un proceso que asegurara la misma. La inacción frente a las potencias ocupantes aseguró que los conflictos se enquistaran. A lo largo de las últimas décadas, y apoyando su discurso con políticas de hechos consumados, lo máximo que Rabat y Tel Aviv aceptarían es la ‘autonomía’ para gobernarse de los respectivos pueblos, cuando el derecho internacional es claro en lo que a su derecho de autodeterminación respecta. El acuerdo tripartito ignora ese derecho y perpetúa el statu quo en uno y otro contexto, motivo por el que resulta arduo considerar que pueda representar un avance hacia la resolución de los conflictos concernidos.

El pacto ignora el derecho de determinación del Sáhara Occidental y Palestina y perpetúa el statu quo, con lo que no representa un avance

Este acuerdo entra, asimismo, dentro de la estrategia de legitimación de Israel, en un momento en el que Benjamin Netanyahu parece obligado a revalidarse de nuevo en las urnas. La estrategia se desarrolla en dos frentes en: silenciar y criminalizar cualquier crítica contra sus acciones, y obtener el apoyo de un creciente número de potencias en el llamado ‘Sur Global’. Aumenta el número de regímenes autoritarios que muestran un apoyo casi incondicional a Israel, incluso en contra de los sentimientos de sus sociedades, y a expensas del respeto del derecho internacional.

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En este sentido descubrimos otra clave: la necesidad de países como Marruecos, o EAU, de reafirmar también su legitimidad internacional y garantizar la supervivencia de sus respectivos regímenes, apoyándose en alianzas internacionales sui géneris y en narrativas según las cuales aseguran la estabilidad de una región ‘turbulenta’. Para ello cuentan con otra de las dimensiones claves de estos acuerdos de normalización: armamento e inteligencia con los que consolidar su autoridad, dentro y fuera de sus fronteras.