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Seis personas en la cena de Navidad

En casa de los padres de Elena, la Nochebuena transcurre en una tensión enorme.

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Seis personas en la cena de Navidad

Elena es la menor de cuatro hermanos. Cuando su madre se quedó embarazada, su padre le advirtió: «Si esta vez no es niña, no iremos a por más».

Al nacer la ansiada niña, su madre no cabía en sí de gozo. La trataba como a su muñequita, a la que podía vestir con lacitos rosas y faldas de volantes. 

Sus hermanos, sin embargo, eran niños que disparaban a las lagartijas con tirachinas y que nunca lloraban, porque llorar no es de hombres. Odiaban a la hermana, que sentían que les robaba la atención de la madre, y no perdían ocasión de tirarle de las coletas o pellizcarle en cuanto la madre se daba la vuelta.

Para colmo, en una casa tan machista, a Elena le exigían que hiciera su cama cada día y que mantuviera su armario ordenado, pero a sus hermanos no. Y cuando empezó a salir con amigas, le pusieron una hora límite de vuelta a casa, mientras que sus hermanos podían regresar de amanecida si querían.  Sin bronca, incluso con una felicitación callada, una miradita cómplice.

No es raro que Elena se casara demasiado joven, para huir de aquel ambiente opresivo. Y no es raro que el matrimonio no funcionara, como no suelen funcionar las relaciones que se construyen desde la necesidad y no desde la voluntad.

Desde que se divorció, hace ya tiempo, pasa todas las Navidades en casa de sus padres. A veces acude su hijo, y a veces no, porque se va a la casa de su padre. Elena se encuentra con los tres hermanos a los que secretamente no aguanta y con las tres cuñadas a las que secretamente aguanta todavía menos. Ellos le tratan con la misma condescendencia de antaño y ellas le lanzan dardos envenenados del estilo: «¿No has pensado en ponerte botox?» o «Perdona, cari, te lo digo por tu bien, a tu edad ya es mejor no llevar minifalda», que Elena entiende que están propulsados por una envidia mal disimulada.

La cena siempre transcurre en una tensión incómoda. Sus hermanos la ridiculizan, la interrumpen, o directamente la ningunean: tú y tus tonterías.

Cada año, al acabar la cena, las cinco mujeres se levantan, recogen la mesa y limpian la cocina, mientras los tres hombres se quedan discutiendo de política en un intercambio de frases cortas que han sacado de memes que les llegan por Whatsapp. Elena nunca ha intentado cambiar esa dinámica: sabe que es una contra siete. Pero, al menos, intenta que su hijo sí que colabore.

El año pasado, hubo una bronca espectacular. Por alguna razón, el hermano mayor arremetió a gritos contra otro hermano, el más pequeño. Elena se alegró: así el foco de atención se desviaba, y dejaba de ser ella el chivo expiatorio. Pero la cosa fue a más y al final los hermanos acabaron enzarzados y las mujeres intentando, sin éxito, separarlos. A la madre le cayó una bofetada perdida.

En el camino de vuelta a casa, Elena no dejaba de llorar. Finalmente frenó el coche y le explicó a su hijo que acababa de ver repetida la escena que tantas veces presenció de pequeña: su padre se emborrachaba, acababa pegando golpes a la pared y luego se iba a dormir la mona. La madre siempre le disculpaba: es un buen hombre, pero bebe.

Su hijo le dijo entonces: «Mamá, dejemos de ir a cenar allí en Navidad».

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Cuando Elena se ha enterado de que este año solo podrán ir seis personas a cenar en Navidad, ha respirado tranquila y ha enviado un mensaje al grupo: No os preocupéis, yo me sacrifico, no contéis con nosotros.