02 dic 2020

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Análisis

Confluencia de las calles Aragó y paseo de Gràcia de Barcelona durante las primeras horas del toque de queda, este lunes.

Josep Garcia

¿Salud o hambre?

Antonio Franco

Parece crecer más deprisa la contestación irracional malhumorada que la colaboración solidaria y el apoyo al mundo sanitario

Seguí en directo la explicación -no discurso, afortunadamente- que dio Macron a los franceses sobre el recrudecimiento de la  epidemia. Me gustó que en primer lugar hablase sanitariamente, que aludiese a la enfermedad, y que únicamente después se refiriese a sus consecuencias económicas. La moda secreta entre los políticos es la contraria. Las presiones del mundo del dinero (el que lo pasa menos mal, como siempre) y el miedo de los ciudadanos-electores sanos les empujan hacia ello. Temo que muchísima gente que no lo reconocerá jamás debe empezar a pensar que si ellos y los suyos sobreviven el desastre será soportable porque se circunscribe a unos pocos millones de personas desconocidas. Ahora que no hay guerras con muertes multitudinarias según su esquema son cosas que pueden pasar o "ajustes inevitables del sistema". 

Macron ordenó de hecho las cosas: lo primero y más urgente es la salud pública porque todavía no sabemos cómo preservarla y muere mucha gente. Me pareció que quería insinuar un mensaje de fondo: contra la pobreza que se extiende, tanto los estados como los ciudadanos pueden adoptar medidas que la vayan paliando y aplazando: ya nos recuperaremos poco a poco en los años venideros. Pero las muertes son inmediatamente irreversibles

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Creí entender que hemos de saber superar el ruido de quienes anteponen la confortabilidad propia a la vida colectiva. Tienen mucha fuerza. Parece crecer más deprisa la contestación irracional malhumorada que la colaboración solidaria y el apoyo al mundo sanitario, pese a que toda Europa haya tenido que restringir movilidad y cerrar bares, restaurantes, gimnasios y actividades de ocio. La última bandera que Macron mantiene en pie es la voluntad  de mantener abiertos los centros de trabajo y los educativos y, ahora, además, las visitas supercontroladas a los geriátricos. En paralelo, las entidades sociales alertan en todas partes que están agotando sus fondos, por lo que los estados van a tener que doblar sus apuestas solidarias. ¿Sabrán hacerlo sin politiquería de salón, esa terrible especialidad española? En caso contrario esto será otra Edad Media.