30 oct 2020

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Movilizaciones en Bielorrusia

Protestas sociales en Bielorrusia en contra del presidente Alexander Lukashenko.

EFE

Vodka y saunas, la tumba de Lukashenko

Ruth Ferrero-Turrión

Rusia será relevante en un proceso de cambio político que llegará, sea en semanas o meses

Tras 26 años de mandato a Lukashenko el suelo se le mueve bajo los pies. El pasado 9 de agosto tuvieron lugar elecciones presidenciales en Bielorrusia. Por primera vez los sondeos de opinión no ofrecían resultados claros, por primera vez el autoritario Lukashenko podía perder una elección desde 1994. A diferencia de anteriores contiendas electorales esta vez los errores políticos le iban a pasar factura.

El primero de ellos el encarcelamiento de sus rivales políticos. Su más directo rival, Victor Babaryka, director de Gazprombank, entidad filial de Gazprom, fue detenido en julio, y Sergei Tikhanovsky, bloguero, ya había sido detenido en mayo. El tercero en discordia, Valery Tsepkalo, directivo del Hi-Tech Park, huiría a Moscú ante la posibilidad de unirse a ellos. La jugada era maestra, sin rivales no hay posibilidad de perder las elecciones. No contaba este viejo dinosaurio soviético con el papel de que las mujeres asociadas a la oposición jugarían en la puesta en marcha de un movimiento que a estas horas parece imparable. Bajo el liderazgo de Svetlana Tikhanovskaya se unirían Maria Kolesnikova, directora de campaña de Babaryka y Veronika Tsepkalo, esposa de Tspekalo y exempleada de Microsoft. De las tres, solo Kolesnikova permanece en Bielorrusia.

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El segundo de sus errores fue la represión posterior a las movilizaciones que cuestionaban la legitimidad de los resultados. Como tantas otras veces y tantos otros líderes autoritarios, Lukashenko creyó que todo seguiría igual y que los bielorrusos aceptarían el resultado ofrecido por las autoridades. De nuevo se equivocó. Esta vez, la ciudadanía estaba preparada para salir a reivindicar otra forma de hacer política y de tener acceso a derechos fundamentales como la libertad de expresión, de prensa o de manifestación.

El tercero, esgrimir el discurso negacionista sobre el covid-19. Durante los meses más duros de la pandemia en Europa, Lukashenko llegó a afirmar que esta "gripe" se curaba con vodka y saunas. De hecho fue Bielorrusia la que proveyó de partidos de fútbol a todo el continente, al ser la única liga que no se canceló. Tampoco se cerró su aeropuerto que durante esos meses se convirtió en el 'hub' principal entre oriente y occidente. Bielorrusia no pararía su economía por un virus. Y, sin embargo, esta no gestión sanitaria ha hecho reaccionar a la población en su contra.

Estos factores han sido los catalizadores de una movilización social sin precedentes en un territorio que ha vivido una ficción desde la implosión soviética. La alianza tejida entre Yeltsin y Lukashenko en 1999, por la que ambos territorios pretendían avanzar en un proceso integrador, había permitido a Bielorrusia mantener una economía centralizada, con un sector público abrumador, pero muy dependiente del mercado ruso. De otro modo resulta incomprensible que el 70% del PIB del país proceda de la Planta de Tractores de Minsk. Sin embargo, durante los últimos tiempos esta alianza entre Minsk y Moscú se ha visto afectada por las tensiones entre sus líderes y por el rechazo de Lukashenko de avanzar en la integración de ambos países.

La llamada de auxilio a Putin, bajo el argumento de un despliegue de tropas de la OTAN en sus fronteras, es el reflejo del nerviosismo del régimen que busca de manera refleja el apoyo de su mentor. Los abucheos de los últimos días a Lukashenko recordaron a uno de los episodios más significativos de la caída de otro líder, Ceausescu. En ambos casos se buscaba la legitimación por parte de sus bases, y en ambos casos, fueron increpados y, en ambos casos, les pilló por sorpresa.

No parece probable una intervención militar rusa en el país. El escenario bielorruso no es comparable a la situación vivida en Ucrania desde 2014. La población bielorrusa es amiga de Rusia, las protestas en el país no están impulsadas por un sentimiento antirruso, y, por tanto, cualquier intervención podría alterar esta situación. Cualquier intervención de esta naturaleza podría alterar el hermanamiento entre ambos países.

En días, semanas o meses caerá el régimen. Lo que toca ahora es preparar el cambio. Por el momento, los actores se miran con recelo y se lanzan advertencias veladas de no intervención. Luego está el ruido de aquellos que quieren pasar a la acción. Hasta la fecha, poca gente niega la relevancia que tendrá Rusia en el proceso de cambio político para no desatar una nueva crisis en el este europeo. Y esta relevancia no es normativa, es fáctica, y los líderes europeos lo saben.

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