15 ago 2020

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AL CONTRATAQUE

El presidente de la Generalitat, Quim Torra, durante la rueda de prenda para informar de la evolución de los rebrotes, el lunes 27 de julio. 

EFE / ENRIC FONTCUBERTA

Viajando en círculo

Antonio Franco

La Generalitat que preside Torra no sabe gobernar, no convence y patina continuamente

Estamos viajando en círculo. Circulamos erráticamente entre tres estaciones: la pandemia, los presos y la amenaza de una extensión descomunal de la pobreza. ¿Cuál es la más importante? Quien conduce desde aquí,  Quim Torra, habla de la primera, dice que la gran referencia es la tercera, pero todo el mundo sabe que para él la cuestión trascendental es la que encarnan los de la segunda. También es verdad que quien conduce desde Madrid, Pedro Sánchez, está empantanado en el mismo cenagal sin conseguir disipar una mala impresión: que vive como una venganza haber devuelto las competencias de mando a quienes se las reclamaban por el puro placer de quitárselas porque ahora que las tienen las administran peor.

En el futuro tendremos que estudiar con calma este tiempo nefasto en que la Generalitat que preside Torra no sabe gobernar, no convence y patina continuamente. A medida que hemos ido conociendo que grandes países les dicen a sus ciudadanos que pueden veranear en otros puntos de España pero en ningún caso en Catalunya, aprendemos que aquí hay otras cosas malas además del Tribunal Supremo. Y eso que Torra, ahora, cuando falta poco para que se vaya, intenta mandar. Pero ya está socialmente bien anidada la cultura de la desobediencia al poder que él mismo inculcó. Sus recomendaciones no frenan ni las salidas masivas de automóviles de Barcelona ni estimulan los confinamientos. Catalunya ha aprendido que ese tipo de apremios -órdenes o consejos- únicamente deben obedecerse si les parecen bien a cada uno. Lo sabe y lo ejerce públicamente hasta el arzobispo. Las declaraciones simultáneas  de, para adentro, "estamos en días críticos" y, para fuera (y en buen inglés), "Catalunya es segura", tampoco le han ayudado.

La política informativa oficial tampoco funciona más allá de que de que sea poco convincente. La aplasta además una cuestión previa: tras volcar durante tantos años los medios públicos de comunicación que dependen de la Generalitat a dirigirse solo a media Catalunya (y a sus sensibilidades específicas), ahora resulta que la otra mitad de la población ni los sintoniza ni los atiende cuando se envían a través suyo los mensajes apremiantes.

¿Alguien creía que lo que se siembra no crece?