Cumbre empresarial

Una voz estentórea

Las empresas son claves en el engranaje de salida de la crisis, pero no son las únicas

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Una voz estentórea

LEONARD BEARD

El 70% de la población española ya está este lunes en fase 3. Los turistas alemanes volverán a las Baleares y las playas van recuperando, quizá demasiado pronto, la estampa de estas fechas. El estado de alarma entra en la recta final y la libertad de movimientos llegará con el solsticio de verano. La nueva normalidad se impone, pero en el campo empresarial persisten dudas sobre cómo se materializará la reconstrucción.

Enterrada la reedición de los pactos de la Moncloa que propugnaba Pedro Sánchez, la recuperación exigirá cierta complicidad de partidos, agentes sociales y del tercer sector. Todos querrán aportar su diagnóstico y su receta para salir del atolladero económico. No es casualidad que la CEOE celebre a partir de este lunes en Madrid una macrocumbre de diez días que cuenta con un programa ambicioso y con las figuras más ilustres del espectro empresarial. Desde Ana Botín, Jordi Gual o Francisco Reynés hasta Pablo Isla, Juan Roig o Antoni Brufau. Primeras espadas de la banca y el sector energético darán su opinión junto a representantes del mundo del automóvil, comercio, turismo, seguros y gran distribución.

El objetivo, en palabras del líder de la patronal, Antonio Garamendi, es enviar una imagen de unidad y sumar en la recuperación española. También alzar la voz y “que se nos oiga”, dijo. Aunque la CEOE no plantee abiertamente este foro como un pulso al Ejecutivo de coalición, sí espera que se tome buena nota de sus propuestas. El título de las jornadas habla por sí solo: ‘Empresas españolas liderando el futuro’. La vicepresidenta Nadia Calviño, consciente del papel decisivo que deben jugar las grandes y pequeñas empresas en la senda de la revitalización, suele prestar atención a sus mensajes. Lo demostró cuando apagó el incendio por el pacto PSOE-Bildu para derogar la reforma laboral aunque ello implicara un desencuentro con Unidas Podemos.

La apertura de la economía no será total en la práctica y de ahí las señales de auxilio de muchos sectores, como el turístico, que abogan por alargar los ertes de fuerza mayor más allá de octubre o incluso hasta diciembre. No hay consenso en este punto -el Gobierno prefiere hacerlo por periodos más cortos e ir evaluando- como tampoco lo ha habido en el diseño de las ayudas a las empresas.

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Casar la flexibilidad empresarial con la estabilidad del empleo nunca ha sido sencillo pero ahora es más complejo porque nadie sabe si habrá rebrotes y qué impacto tendrían sobre una economía en cuidados intensivos. Ante esta incertidumbre, sello de esta pandemia, los sindicatos alertan del peligro de una devaluación salarial tras el verano, que debilitaría aún más consumo y oferta.

La perspectiva empresarial es una pieza clave del engranaje que debe permitir la salida del pozo. Pero no es la única. Sabemos que esta crisis tiene orígenes distintos a la de 2008 y, aun así, deberíamos evitar viejos errores y que la factura no la paguen siempre los mismos. Europa ha sacado su artillería y el Estado no se ha quedado atrás para mantener el barco a flote. Hay que repartir esfuerzos y buscar la mejor vía en el beneficio de todos.