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El turismo, sector de riesgo

Las empresas turísticas debe diseñar planes de contingencia ante futuras pandemias o fenómenos meteorológicos extremos cada vez más frecuentes

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Una pareja de turistas con máscaras protectoras visita, en febrero pasado, la plaza de San Pedro, en el Vaticano.

Una pareja de turistas con máscaras protectoras visita, en febrero pasado, la plaza de San Pedro, en el Vaticano. / ANGELO CARCONI / EFE

Hemos sido afortunados. Un entorno mayoritariamente estable y sin grandes catástrofes naturales han permitido una remarcable regularidad en el turismo durante las últimas décadas. No total, porque el país ha sido víctima de ataques terroristas, y los atentados en Estados Unidos o en Europa también acaban teniendo repercusión. Además, las crisis económicas también pasan factura al turismo: lo que no cubre una necesidad básica, cae, y se traduce en un volumen menor. Pero insisto: hemos sido afortunados.

Pongamos algo de perspectiva y comparémonos con otro país: Taiwan. En 1997, afectado por la crisis financiera asiática; en 1999, un terremoto de 7,2 en la escala de Richter; en 2001, los atentados del 11/9 y, en el 2003, un brote de SARS. Una crisis cada dos años. El profesor Yu-Shan Wang de la First University of Science & Technology ha estudiado el impacto de cada una de estas crisis en el sector turístico, así como el tiempo de retorno a la actividad habitual. Sus conclusiones apuntan a que es mucho más fácil recuperarse de una crisis económica que de aquellas que afectan la seguridad e integridad de las personas, sea por motivos bélicos o por motivos de salud. Mientras que las crisis económicas comportan una reducción del gasto por turista o del número de pernoctaciones, en el caso de las enfermedades y las guerras se produce casi una paralización total de la actividad.

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También destacar que existen una diferencia importante entre los conflictos bélicos y las crisis sanitarias: mientras que los primeros son externos al sector, en el caso de las crisis sanitarias son parte y víctima a la vez. Es decir, que es el propio sector, conjuntamente con la elevada movilidad por motivos profesionales, el que favorece la extensión de enfermedades alrededor del mundo y, a la vez, el que paga uno de los precios más elevados. Los aeropuertos se están convirtiendo en termómetros de la situación mundial. A raíz de los atentados terroristas, pasar la zona de seguridad de los aeropuertos se convirtió en una experiencia no exenta de adrenalina: zapatos, cinturones, aparatos electrónicos, control de líquidos… Ahora se añadirán los controles de temperatura, los test, y las cuarentenas.

Las predicciones de futuro indican una mayor frecuencia de fenómenos meteorológicos extremos y también el incremento de la posibilidad de pandemias. Esto ya es un hecho. Las empresas deben incorporar o, si ya están incorporados, aumentar la importancia de estos factores de riesgo en su estrategia empresarial, además de establecer planes de contingencia y pensar a largo plazo. En las próximas décadas, las oleadas de calor pueden hacer impracticables los deportes de invierno y poco atractivo el veraneo en algunas playas. La información científica está disponible desde hace mucho tiempo. ¿Qué medidas se están tomando para cuando lleguen estas situaciones? Es obligación de cada sector el elaborar y ejecutar estrategias que permitan su sostenibilidad económica, financiera, y social a largo plazo.

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