04 jun 2020

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Emergencias globales

Foto aérea del hospital levantado por China en 10 días.

AFP

Coronavirus: democracia y dictadura

Andreu Claret

El auténtico dilema está entre cómo actúan los nacionalismos cerriles o la cooperación internacional

¿Se combate mejor el coronavirus con una dictadura? No desdeñen la pregunta, porque no tiene una respuesta fácil. Mucha gente se plantea qué hubiese ocurrido si China no tuviera una asombrosa capacidad de decidir que no está sujeta a los contrapesos de la democracia. Imaginen, por ejemplo, la misma epidemia en la India, argumentan quienes se dejan deslumbrar por la contundencia con la que ha actuado Pekín. De ahí a concluir que las democracias no sirven para abordar los desafíos planetarios hay solo un paso. ¿Son mejores las dictaduras que las democracias en la lucha contra el cambio climático?, se preguntaba retóricamente ‘The Economist’ en uno de sus últimos números.

Volvamos a Wuhan. Es cierto que China ha construido dos hospitales en un pispás y que ha podido confinar a 50 millones de personas sin que se hayan producido mayores aspavientos, al menos por ahora. También lo es que semejante actuación casaría mal con los meandros políticos y administrativos de un régimen democrático. En un país como el nuestro, solo sería imaginable en una situación de guerra o de extrema excepcionalidad. La ‘ventaja’ de China, dicen algunos, es que no necesita decretar un estado de guerra para actuar. No necesita suspender ninguna constitución para confinar ciudades enteras. Puede incluso anunciarlo a medianoche, como hizo en Wuhan, sin atender a los derechos de sus habitantes, incluso los pocos derechos reconocidos en el país de Xi Jinping. Por otra parte, Pekín ha contado con un importante consenso social para adoptar estas medidas y, si este consenso se quiebra, cuenta con el uso de la fuerza para adoptar las que haga falta. 

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La respuesta al coronavirus nos conduce a hablar de las virtudes y los límites de la democracia para resolver las amenazas mundiales. Sea el de una epidemia que puede mutar en pandemia, o el del cambio climático. ¿Cómo compaginar la toma de decisiones drásticas por parte de un estado con la libertad de sus ciudadanos? ¿Es el régimen de China más eficaz que el nuestro para dar una respuesta adecuada a los problemas de un mundo complejo y globalizado? Pekín ha actuado, desde luego, con más tiento que en el 2003, cuando conoció la epidemia del SARS. Sin embargo, desde que se detectó el primer caso en Wuhan hasta que alertó a la OMS, pasó casi un mes. Y desde que se contabilizó la primera víctima mortal hasta que las autoridades se pusieron las pilas transcurrió otro. El resultado ha sido un retraso decisivo, en puertas del año nuevo, cuando se desplazan decenas de millones de seres humanos. No nos dejemos engañar por el espejismo: la falta de transparencia que conlleva todo régimen autoritario no es una ventaja.

Daños colaterales

Se entiende que la OMS elogiara a China por haber puesto en pie "un nuevo tipo de respuesta a las epidemias", pero es más discutible que lo hiciera sin atender a los daños colaterales que ha tenido la actuación de Pekín. Me pareció ver en este elogio la frustración propia de las agencias de la ONU, tan rápidas en decretar emergencias planetarias como poco eficaces en atajarlas. Esta falta de capacidad ejecutiva de los organismos multilaterales es la que pervierte el debate sobre democracia y dictadura y es la que lleva a aceptar el modelo chino como un mal menor. Como si 'democracia' y 'eficacia' fueran categorías antinómicas. Una idea que tiene más adeptos de los que podría creerse. Por ejemplo, entre la comunidad ecologista, cuando celebra que China sea el primer inversor en energías renovables desde que Xi Jinping decretara la necesidad de descarbonizar el país. Comparando la determinación de Pekín con el negacionismo de Trump, o con las dificultades de la UE para adoptar políticas comunes, algunos llegan a la conclusión de que la democracia no sirve para según qué.

No comparto esta idea. No creo que la salvación del mundo esté en manos de Han Solo. Es más, creo que el auténtico dilema no está entre democracia o dictadura, sino entre nacionalismos cerriles y cooperación internacional. Al límite, entre gobiernos de los viejos estados-nación o gobierno mundial. Lo que es incompatible con abordar el cambio climático no es la democracia americana, sino el ‘America First’, esto es, la idea según la cual es posible encontrar respuestas a todo dentro de unas fronteras, cuando el CO2 o el coronavirus no conocen fronteras. Aunque hay que reconocer, ciertamente, que levantar un gobierno mundial para atender los grandes retos del siglo XXI obligará a repensar la democracia tal como la hemos practicado durante el siglo XX.