La salida política del conflicto

Los estragos del 'procés'

Sin reconocer el daño que se ha hecho a la convivencia entre catalanes no habrá posibilidad de avanzar

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Los estragos del 'procés'

LEONARD BEARD

El cambio de década parece alumbrar señales que anuncian que entramos en una nueva etapa en eso que hemos dado en llamar el conflicto político catalán. Por lo que sabemos a través de este diario, la negociación entre el PSOE y ERC para lograr el apoyo de esta última a un Gobierno de PSOE-UP está centrada en el reconocimiento por parte del PSOE de la existencia de un conflicto político entre Catalunya y España y en la creación de una mesa de negociación entre gobiernos. Buscan salir de la vía judicial para situarse en la de la negociación política. A la espera de ver como se traduce ese reconocimiento, esas conversaciones son esperanzadoras.

Como no hay mal que por bien no venga, como dice de forma optimista la sabiduría popular del refranero, la decisión del Tribunal de Justicia de la Unión Europea, al establecer que Oriol Junqueras tenía inmunidad desde el momento en que se reconocen oficialmente los resultados de las elecciones, es una innovación europea que puede ayudar a encauzar el conflicto en España. Se cumple el axioma orteguiano de “España como problema, Europa como solución”.

Los partidarios de la independencia tienen que ser conscientes de que las decisiones unilaterales del 2017 rompieron el consentimiento de los catalanes no independentistas

Sin embargo, sabemos muy poco o nada de cómo se está abordando en esa negociación la otra pata de ese conflicto: la quiebra de la convivencia interna entre catalanes provocada por el 'procés'. En particular, las leyes de desconexión y de referéndum unilateral aprobadas con los votos del bloque soberanista del Parlament los días 6 y 7 de septiembre de 2017. Esas leyes conculcaron no solo lo establecido en la Constitución, sino también en el Estatut, que es la constitución interna de los catalanes, y que establece que para tomar decisiones de ese calado se necesitan los dos tercios del Parlament.

Esas dos decisiones provocaron enormes estragos en la convivencia entre catalanes, no solo en los ámbitos político, económico y social, sino también en el familiar. Los estragos en este último ámbito son menos conocidos porque todos tratamos de minimizarlos, sacando de la conversación familiar la cuestión política. Pero no por tratar de suavizarlos, sus efectos son menos reales. En algunos casos llegan incluso hasta el divorcio familiar por causa de divergencia política.

Sin reconocer los estragos provocados por el 'procés' en la convivencia entre catalanes no habrá posibilidad de avanzar en la salida al conflicto político. Que el PSOE reconozca la existencia de un conflicto político tiene que ir en paralelo con el reconocimiento por ERC de la existencia de un conflicto interno. De lo contrario, sería como remar con un solo remo, no se avanzaría, solo acabaríamos mareados.

Reparar la ruptura

Los partidarios de la independencia tienen que ser conscientes que las decisiones unilaterales del mes de septiembre de 2017 rompieron el consentimiento de los catalanes no independentistas con el Govern de la Generalitat y con el Parlament. A partir de ese momento, esas dos instituciones políticas solo representan políticamente a la mitad de los catalanes, con olvido, cuando no desprecio, de la otra mitad. Sin abordar esta división no hay salida duradera al conflicto.

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Los gobiernos largos de Jordi Pujol fueron posibles no solo por el voto nacionalista sino también por el consentimiento que los no nacionalistas dieron a esos gobiernos. Un consentimiento basado en la confianza en que los nacionalistas respetarían siempre la Constitución y el Estatut y gobernarían en beneficio de todos los catalanes. Esa confianza se rompió primero con el viraje desde el nacionalismo hacia el independentismo que dio Artur Mas después de la derrota electoral de diciembre de 2012. Y, de forma definitiva, con el unilateralismo que introdujo Carles Puigdemont a partir de 2016, bajo el impulso y la presión de la Assemblea Nacional Catalana (ANC).

Espero que ERC, en la medida en que ha renunciado al unilateralismo, tenga la valentía moral y política de reconocer los estragos del 'procés'. Y también que sea capaz de formular un nuevo nacionalismo liberal, respetuoso con los derechos y libertades de los no nacionalistas, sin por ello renunciar a su objetivo de independencia.

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ERC tiene que vencer el vértigo que le produce tomar decisiones políticas en solitario. Hasta ahora ha sido rehén de la estrategia unitarista defendida por Carles Puigdemont para poder mantener el poder político en manos de los suyos. Sin atreverse a volar por sí sola, seguiremos empantanados.

En cualquier caso, las negociaciones entre PSOE y ERC tienen que reconocer los estragos provocados por el 'procés' en la convivencia pacífica y colaborativa entre catalanes. E incluir en el acuerdo iniciativas para restañar esos estragos. De lo contrario, ese acuerdo nacería cojo y falto de eficacia.