23 feb 2020

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ANÁLISIS

Varios niños ondean la bandera turca mientras saludan a los soldados sirios apoyados por Ankara que se dirigen al norte de Siria.

ERDEM SAHIN (EFE)

Compás de espera en Siria

Ignacio Álvarez-Ossorio

La decisión de Trump de retirar sus tropas del país árabe es un drástico giro en la política exterior de EEUU y su apoyo a las reivindicaciones autonómicas kurdas

Una vez más ha vuelto a suceder. El presidente Donald Trump ha sorprendido a propios y extraños al ordenar la retirada de sus efectivos del noreste de Siria y abandonar a su suerte a sus aliados kurdos. La decisión ha sido adoptada a golpe de tuit sin la luz verde del Pentágono y sin contar con el respaldo de sus principales mandos militares. Las consecuencias, no por esperadas, son menos dramáticas. La brutal ofensiva militar por parte de Turquía y sus satélites locales sirios ha provocado, por el momento, el desplazamiento forzado de al menos 160.000 personas, así como cientos de víctimas.

Esta controvertida decisión supone un drástico giro en la política exterior estadounidense, ya que desde hace cuatro décadas todos los inquilinos de la Casa Blanca han respaldado de manera inequívoca las reivindicaciones autonómicas kurdas. En 1991, George Bush padre decidió establecer una zona de exclusión aérea sobre el paralelo 36 para evitar el bombardeo del Kurdistán por la aviación iraquí. En el contexto de la guerra siria, la Administración de Obama armó a las Unidades de Defensa Popular (YPG), que jugaron un papel decisivo en la derrota militar del denominado Estado Islámico.

Al renunciar a jugar la carta kurda, Trump pierde su única baza negociadora para influir en el futuro de Siria dejando toda la baraja en manos de Putin. Debe recordarse que, gracias al apoyo militar norteamericano, las YPG ampliaron sus zonas de influencia mucho más allá de los cantones kurdos del norte hasta controlar los territorios al este del Éufrates, que albergan los más importantes yacimientos de petróleo y gas del país y que eran vitales para garantizar la viabilidad de la autonomía kurda.

Cambio de guion

En un principio, el gran beneficiado de este inesperado movimiento parecía ser Turquía. El objetivo declarado de la operación Manantial de Paz era establecer un colchón de 30 kilómetros en torno a la línea fronteriza de la que serían expulsadas las milicias kurdas. El objetivo oculto sería desplazar a dicha zona a la mitad de los 3,5 millones de refugiados sirios que residen en suelo turco, lo que podría traducirse en una operación de limpieza étnica con la expulsión de la población kurda y su sustitución por árabes sunís.

No obstante, el acuerdo de última hora entre el régimen sirio y las milicias kurdas modifica sustancialmente la situación. Ante la amenaza turca, las YPG se han visto obligadas a revaluar su estrategia y optar por el mal menor al pactar con Rusia y permitir la entrada de los efectivos de Asad en ciudades que, hasta ahora, estaban bajo su control, como Manbiy o Raqqa.

Este inesperado cambio de guion coloca a los kurdos en una situación de manifiesta debilidad frente al régimen asadista, que recupera los territorios perdidos sin gastar una sola bala y, además, pasa a controlar ya el 90% del país. Las esperanzas de establecer un Estado federal en la Siria de posguerra, tal y como ocurriera en Irak tras la caída de Sadam Husein, parecen difuminarse así de manera definitiva.