Opinión | IDEAS

Óscar López

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Videojuegos

Una imagen del videojuego 'Call of duty'.

Una imagen del videojuego 'Call of duty'. / periodico

Les pongo en situación. Hace un par de semanas se celebró en la Fundación Botín de Santander el V Congreso de Periodismo Cultural organizado por la Fundación Santillana. El tema de esta edición: los videojuegos. Yo estuve allí. Y fui testigo de dos cosas a destacar: el brillante nivel de algunas ponencias y la bronca entre algunos periodistas especializados y otros que no lo eran.

Sobre lo primero, algunos datos y conclusiones sorprendentes: el sector factura unos 123.000 millones de euros anuales y, según Miguel Sicart, profesor experto de la Universidad de Copenhague, nuestra vida se ha convertido en un gran videojuego donde todo se plantea desde la premisa de ganar o perder a la vez que se mercadea con nuestros datos mediante la experiencia del juego.

En cuanto a la bronca, giró en torno al delicado tema de la adicción, la supuesta violencia y la perniciosa influencia en los niños. A partir de ahí, confieso que a ratos no sabía si estaba en un foro de ilustres periodistas o en escenarios apocalípticos de 'Call of Duty' disparando datos y proclamas a diestro y siniestro. Podría destacarles que el neurocientífico Diego Redolar aseguró que pueden ayudar en algunas enfermedades mentales, que el pedagogo Gregorio Luri afirmó que no hay evidencia científica de que sean nocivos y que el psicólogo Marc Masip, que trata a niños con adicciones a las nuevas tecnologías, prometió que el día que tenga hijos, no tocarán un videojuego.

Sin embargo, y aunque me quedé en el Tetris, tengo tres cosas claras: los videojuegos forman parte de la cultura del siglo XXI a pesar de que también encontremos basura, como la que he visto en el mundo del libro; las sinergias entre literatura y videojuegos son evidentes con novelas estructuradas como videojuegos o escritas para ser adaptadas; y los medios de comunicación tienen una asignatura pendiente con este sector. Nadie me hará creer que esos 2.300 millones de personas que juegan habitualmente son unos enfermos. Y aunque siempre prefiero el exceso a la prohibición, tampoco nadie me convencerá de que no se le pueda pedir a esta industria una apuesta más descarada por el diseño ético de algunos juegos