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Dos miradas

La dimisión de Montón en el primer momento hubiera sido la mejor lección y la exministra se hubiera ahorrado dosis extras de humillación

El Gobierno de Sánchez juega con tiempo prestado. Lo arañó de un PP asfixiado por la corrupción y lo consiguió por la unión circunstancial de todos los que querían apear a Rajoy. El PSOE está obligado a jugar con ese tiempo. A alargar cada día y colmarlo de decisiones que sean útiles a los ciudadanos y los reconcilie con la clase política.

Los casos de Cifuentes y Casado ya nos descubrieron que en la Universidad Rey Juan Carlos I existía un chiringuito que se dedicaba a poner las cosas fáciles, muy fáciles, a los políticos que quisieran alegrar su currículo con un título de la URJC. Carmen Montón lo sabía por partida doble. Como ciudadana y como alumna. Que tuviera o no dudas sobre la corrección de su título ya no importa. O se aprovechó conscientemente de las ventajas fraudulentas que le ofrecía la universidad o se dejó querer. Quizá incluso pensó que todo era correcto, que las cosas le venían dadas por su capacidad (o su facilidad para copiar), lo que delata la dificultad de tantos políticos para permanecer con los pies en el suelo.

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Las horas pasadas entre que se desvelaron las primeras irregularidades y la dimisión de Montón fueron muy pocas comparadas con las agonías del PP, pero demasiadas para el reloj acelerado de Sánchez. Cada minuto de sombra es una pérdida altamente costosa. Una dimisión en el primer momento hubiera sido la mejor lección. Y Montón se hubiera ahorrado dosis extras de humillación.

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