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GEOMETRÍA VARIABLE

Torra y Sánchez, en la Moncloa, este lunes.

¿Un estrambótico frente del rechazo?

Joan Tapia

¿Veremos a Pablo Casado y Anna Gabriel juntos en un mitin contra los políticos del deshielo?

El deshielo de la cumbre Sánchez-Torra se basó en aceptar lo único que hoy es posible. Pedro Sánchez solo exige para dialogar el respeto fáctico a la ley, pero no prohíbe (tampoco puede) que Torra no renuncie a sus objetivos independentistas y no pida perdón por el 27-O. A cambio, Torra reivindica el referéndum y la libertad de los políticos presos, pero acepta congelar la independencia mientras se habla y empezar a trabajar con el Gobierno central en el marco estatutario de la comisión bilateral Estado-Generalitat, que no se reúne desde el 2011.

Puede ser un camino para contener y desinflamar -antes de negociar- un conflicto intenso desde el 2010 que paraliza la política catalana y española. Sería mejor que las cosas fueran diferentes, pero es lo que hay y en todas las negociaciones que en el mundo ha habido las posiciones iniciales de las partes eran muy opuestas. Sin aceptar -que no es compartir- la posición del otro, dialogar y negociar es imposible. Solo cabría la victoria. ¿A qué precio?

Pero el inicio del deshielo está generando un estrambótico frente del rechazo. En el independentismo radical (la CUP, los CDR y la propia ANC) se empieza a proclamar que Torra es un traidor. Ahora ya no es solo Oriol Junqueras, en prisión desde hace meses, el sospechoso de autonomismo, sino el 'president' escogido por el radical Puigdemont. Y dos diputados de la CUP amenazan incluso con hacer caer al Govern.

La pregunta es si se puede gobernar Catalunya -un país europeo y próspero- bajo la vigilancia permanente de quienes no han entendido que la DUI del 27 de octubre fue un fracaso, que otra DUI perjudicaría aún más (a todos) y que el 47% es mucho, pero no es el pueblo de Catalunya.

Lo alarmante es que en el otro lado un partido como Ciutadans, que ganó las elecciones catalanas y que no quiere la separación, afirme que Pedro Sánchez ha abandonado a la mitad de los catalanes al recibir a Quim Torra, que es el presidente legal de Catalunya y que -diga lo que diga- ha aceptado trabajar en el marco de la comisión bilateral Estado-Generalitat.

Lo del PP, desmelenando en su pelea interna, también es de premio. Pablo Casado, que se presenta como renovador, habla de ilegalizar a los partidos que votan el 47% de los catalanes, a darles el mismo trato que a Batasuna cuando ETA asesinaba. Y Soraya Sáenz de Santamaría, que cuando era vicepresidenta dialogó poco o mucho con Junqueras, dice ahora -para frenar el empuje de Casado (apoyado por Aznar)- que en Catalunya hay 'apartheid'. ¿Al final tendremos que añorar el conservadurismo de Rajoy?

Sea como sea, que se esté formando un frente del rechazo interterritorial contra el deshielo entre Sánchez y Torra (a los que unen pocas cosas) solo demuestra que Catalunya y España tienen muchas cosas en común. La más grave es que atraviesan una peligrosa plaga de intolerancia. ¿Veremos a Pablo CasadoAlbert RiveraElisenda Paluzie y Anna Gabriel, juntos y revueltos, en un mitin de denuncia de la conspiración de socialistas traidores y catalanistas renegados?

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