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El tablero catalán

Quim Torra tiene la misión secreta de aguantar la 'paradeta' en que se ha convertido la Generalitat y disimular la impotencia 'procesista'

Quim Torra no será un 'president' delegado ni provisional aunque esta sea su intención. La diferencia entre esta legislatura y la anterior no se encuentra en la persona del 'president' sino en la hoja de ruta independentista, que está en blanco. Puigdemont lideró el penúltimo tramo del 'procés' (el último es el reingreso en el saco empequeñecido de la autonomía). Torra no puede hacer mucho más que mantener la llamita y no abaratar el sueño. Pero será muy difícil que controle la Generalitat. Para empezar, no sabe cómo se hace porque no tiene la menor experiencia de gobierno. Si algún día lo intenta, los partidos no le dejarán.

Los analistas vaticinan legislatura corta. Discrepo por más de cuatro razones. Primera, la ausencia de agenda hacia la independencia. ¿Con qué programa mínimamente creíble se presentarían los que obedecen y acatan la ley mientras predican lo contrario? En consecuencia -segunda razón- la parte más inflamada de los votantes de Puigdemont le reprocha que no haya osado ni desobedecer ni repetir elecciones y se dispone a votar a la CUP para propiciar el pulso permanente con el Estado. Tercera, que Junts per Catalunya es un embrión, no una fuerza política consolidada. Después de obligar al PDECat a elegir entre susto (ser residual) y muerte, Puigdemont se propone convertir el amalgama en un nuevo partido. Lo que pasa ante todo por evitar un tropiezo inmediato y tomar impulso en las municipales.

Puigdemont necesita tiempo

El anuncio de Puigdemont en el diario italiano 'La Stampa' es otro farol. Sin agenda republicana y con el voto radical que se fuga a la CUP, JxCat no dispone de perspectivas para revalidar o incrementar la ventaja sobre ERC. Legislatura corta es sinónimo de naufragio del espacio político sucesor de Convergència. Artur Mas lo intentó y no le salió. Puigdemont no lo tiene nada fácil. Necesita tiempo. Quim Torra tiene la misión secreta de aguantar la 'paradeta' en que se ha convertido la Generalitat y disimular la impotencia 'procesista'.

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La cuarta razón es económica, no interpretativa. Ni el PDECat ni JxCat están en condiciones de pagarse una campaña electoral. Lo saben, pero esperan que no se descubra. ¿Un argumento más? El proyecto de ERC es muy realista. No solo renuncian a ejercer de marionetas republicanos sino que piensan poner en evidencia a quien continúe tomando a sus votantes por estúpidos.

Rajoy sabe que la resolución del conflicto está más lejos que nunca, pero si entra en fase larvada habrá neutralizado una de las mejores cartas de Rivera

Ni las conveniencias temporales de Puigdemont -las contrarias de las que proclama- ni el rechazo de la ciudadanía a la represión conducen a nuevas elecciones. El factor de riesgo es la inestabilidad y la debilidad de un gobierno sin mayoría parlamentaria, incapaz de aprobar unos presupuestos y dividido entre dos formaciones políticas que se disputan la hegemonía. Veremos si Elsa Artadi y Pere Aragonés los dos miembros del nuevo duunvirato se entienden. Todos los duunviratos de la historia han acabado mal (Medvédev no es la otra mitad sino un apéndice de Putin). Más que predecir si se van a pelear, y sobre todo si tardarán mucho, la incógnita es saber cómo se lo montarán Artadi y los consejeros y diputados de JxCat para adoptar la estrategia de ERC sin dejar a los 'bipresidentes' con el culo al aire e incrementar así el sentimiento de estafa entre sus votantes impacientes.

La batalla entre Rajoy y Rivera

Cambiemos de escenario. La dura batalla entre Mariano Rajoy y Albert Rivera impulsa a Ciudadanos a mantener caliente la cuestión catalana, simular la inminencia de otra fase aguda y ofrecerse para aniquilar el soberanismo. Lo que retroalimenta a los independentistas partidarios de la inestabilidad y la provisionalidad, aunque no excita mucho los ánimos de un corpus social poco dispuesto a mantener una tensión indefinida sin objetivos a la vista. A Rajoy le conviene exactamente lo contrario que a Rivera. Sabe que la resolución del problema está más lejos que nunca pero si entra en fase larvada, habrá neutralizado una de las mejores cartas de Rivera.

De modo que, oh paradoja, si nos fijamos en las estrategias y los intereses, disponemos de dos parejas de baile cruzadas. Por un lado, Rajoy en La Moncloa y Junqueras en Estremera coinciden en la determinación de desescalar. Por la otra, Puigdemont en Berlín y Rivera en la antesala del poder desean tensión permanente, mejor si se incrementa. Los jueces y fiscales españoles van a favor de Rivera mientras que, de forma más paradójica aún, los de Bélgica favorecen a Rajoy de manera indirecta cuando dejan a Llarena en ridículo.

Según factores objetivos, tendremos legislatura larga. Si las divisiones del independentismo la abortan, los primeros perjudicados serán Carles Puigdemont y Junts per Catalunya.

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