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El placer de leer

Hábitats lectores

LEONARD BEARD

Hábitats lectores

Care Santos

La literatura ocurre siempre en la oscuridad de la imaginación, que cada uno llena según su experiencia y memoria

Abril es el mes de los libros. El de las fiestas, ferias y celebraciones de toda índole alrededor de la letra impresa. El de las entregas de premios literarios en las escuelas. El de la denuncia de las patologías que afectan al sector del libro. El de las encuestas sobre hábitos lectores. El de la preocupación y el catastrofismo de no pocos profesionales del sector, que no soportan la veracidad de las cifras, de las estadísticas. El mes de las alegrías y también el de los disgustos de quienes nos dedicamos a esto.

Hace mucho ya que más que de “hábitos lectores” me gusta hablar de “hábitats lectores”. La gente que lee se agrupa en subclases, variadas y muy diferenciadas, que a menudo no se mezclan entre ellas. Hay dos casos particulares en los que hoy quiero detenerme y que no aparecen en las estadísticas. El primero es la aparición de un nuevo tipo de lector, a quien podríamos llamar el lector desbordado. Se trata de una persona, hombre o mujer, visitante de ferias del libro, comprador habitual, más o menos compulsivo, que en abril tiene los nervios destrozados ante la cantidad de novedades recién aparecidas, que vienen a sumarse a la ingente cantidad de lecturas pendientes que acumula. Es un lector culto, conocedor de las novedades, pero también eternamente descontento, que ansía leer todo cuanto de calidad se ha publicado en la lengua que maneja, y que nunca considera haber leído lo suficiente.

Siempre hay mucho que leer

No hace falta decir que es también un lector doliente, insatisfecho, que mientras lee lo último de Almudena Grandes se lamenta por no estar leyendo a Proust y que cuando por fin aborda la lectura de 'En busca del tiempo perdido' lo hace mirando de reojo todo lo que no abarca: desde lo nuevo de Jo Nesbo hasta esta columna. Es una persona desquiciada, sin remedio, porque su mal no tiene cura: por mucho que leas, siempre hay mucho por leer. La suya es una batalla perdida, como la de quienes pretenden que su piel no envejezca: la literatura siempre es más que nosotros, siempre nos supera.

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De hecho, esa es la gracia: los libros nunca se terminan, siempre hay muchos pendientes. Todo lector llegará al final de su vida sin abrir siquiera un montón de libros imprescindibles. El placer de leer es para nosotros, seres finitos, maravillosamente infinito. Y es eso: placer. Deleite, calma, tiempo, lentitud. El lector desbordado es un lamentable hijo de los tiempos que corren. Hay que recordarle que leer es disfrutar de la quietud, tan extraña hoy día. Leer es ir contracorriente. Y que tener libros esperando –con esa paciencia infinita que tienen los libros- es un privilegio que solo los buenos lectores tenemos. Espero que esta columna le sirva para calmarse un poco.

Las propiedades sanadoras de la literatura

Por otra parte, esta semana he tenido la suerte de conocer a un colectivo de lectores en el que jamás antes había reparado: el de las personas invidentes o con visión muy limitada. Con ellos charlé de mil y una cosas, pero también de las propiedades sanadoras de la literatura. Conocí a Inmaculada, una trabajadora de la ONCE cuya misión consiste en fomentar la lectura entre los afiliados a la organización. Lo hace desde diversos frentes: tanto transcribiendo libros al braille, coordinando clubs de lectura o bien organizando actividades de toda índole donde los libros –y los lectores- son protagonistas. Su éxito es notable. Ha conseguido que en el último año algunas personas que nunca se habían acercado a los libros, lean más de diez novelas.

Y también que otras personas, grandes lectores antes de perder la visión, vuelvan a sentirse los que eran antes. La ONCE tiene numerosos recursos aplicados a acercar los libros a sus afiliados. El más importante es una biblioteca de voz donde pueden encontrar miles de títulos, y que se amplía constantemente, incluso a petición de los usuarios. La mayoría de ellos escuchan las novelas, aunque siguen llamándole “leer” a esa audición atenta. Son uno de los colectivos más lectores de nuestro país, y no es difícil sospechar por qué razón: sólo la literatura les ofrece exactamente lo mismo que les ofrecía antes de perder la visión.

El cine, el teatro o la televisión requieren de audiodescripción y a pesar de todo resultan limitados. La literatura ocurre siempre en la oscuridad de la imaginación, que cada uno llena de luces y colores, de emociones, de texturas, según su experiencia, su memoria y su experiencia del mundo. El lector completa las palabras escritas, las dota de sentido. Su sentido. “Leyendo”, me dijo una lectora invidente, “he vuelto a ser la que era antes de quedarme ciega”. Qué maravilla.

Temas: Libros