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El futuro económico de la UE

Símbolo del euro iluminado, ante la sede del Banco Central Europeo en Fráncfort.

REUTERS / KAI PFAFFENBACH

Europa: solidaridad o disciplina

Antonio Argandoña

Hay que revisar los defectos de construcción de la zona euro a pesar de que la bonanza actual no invite a ello

¿Qué necesita la Unión Europea? Preguntemos a un alemán, un finlandés o un austríaco y nos dirá que disciplina; preguntemos a un francés, un español o un italiano y nos dirá que solidaridad entre Estados. Claro que todos admitirán que ambas cosas hacen falta, pero en proporciones muy distintas.

Pensando en crisis financieras como las que hemos vivido en los últimos años, los primeros dirán que hay que montar mecanismos que eviten la crisis y, si se presentan, que eviten el contagio a otros países, y cuando se resuelvan, que dejen claro a todos que con esas reglas no se juega. Mientras que los segundos dirán que sí, que es verdad, pero que una vez que se produce una crisis financiera y su consiguiente recesión y aumento del paro, lo que hay que hacer es atenuar esos problemas que, de otro modo, acaban teniendo un coste muy grande para los ciudadanos, no solo del país afectado, sino también de los demás. Porque, al final, lo que está en juego es la supervivencia de la Unión Económica y Monetaria, del euro.

Un círculo vicioso

Detrás de estos debates hay una serie de defectos en la elaboración de la zona euro, cuyas consecuencias sufrimos en los últimos años. Primero, un círculo vicioso entre riesgo bancario y deuda soberana: los bancos nacionales tienen mucha deuda del gobierno del propio país, lo que supone que las dificultades de este se trasladan a los bancos, a los que tiene que salvar el mismo gobierno en dificultades. Segundo, falta de transparencia en las reglas fiscales: cuando las cosas van mal, los Estados tienen que cerrar su déficit en el peor momento y con altos costes, y cuando van bien, acaban gastando alegremente, como también pudimos comprobar. Y finalmente, falta de medios para hacer frente a una crisis fiscal, si no es mediante préstamos de urgencia en condiciones muy duras. La consecuencia es una notable pérdida de confianza en el proyecto de la moneda única.

Todo esto es bien conocido. Y tenemos muchas y muy buenas recomendaciones, a cargo de expertos y políticos de todos los colores -bueno, no de todos, porque algunos no son capaces de entender los problemas que se presentan más allá de sus fronteras-. Pero es difícil que se pongan de acuerdo, porque, en el fondo, las discrepancias son más profundas, de concepción del modelo económico.

Incentivos económicos

¿Cuáles podrían ser los pilares de una reforma que permitiese aunar, como he dicho antes, solidaridad y disciplina? He aquí algunas ideas. Primera: hay que romper el círculo vicioso de deuda pública nacional y riesgo de los bancos del país. Y eso se consigue con incentivos económicos, que penalicen a los bancos y a los gobiernos que no eviten ese problema, aunque no faltarán reacciones nacionalistas de "protejamos a nuestros bancos", sin tener en cuenta los males que esto causa al propio país.

Y habrá que cambiar las reglas fiscales, que incluso nos hicieron incluir en nuestra Constitución, para que los gobiernos tengan incentivos a reducir su déficit y el tamaño de su deuda, pero no con prisas en medio de una crisis, sino en el largo plazo. Y habrá que prever también mecanismos de reestructuración de la deuda, como ocurrió con Grecia: malo es que esa deuda haya crecido hasta hacerse insostenible, pero no se soluciona este problema diciendo que todos deben pagar -también porque el deudor fue imprudente, pero el prestamista también lo fue-.

Rehacer las reglas

Los temas fiscales pendientes no son pequeños, y es probablemente aquí se presenten las discrepancias mayores: fondos para ayudar a los países que tengan una crisis grave; creación de deuda cuyo riesgo se reparta entre todos, como parte de la solidaridad… Y quedan todavía otros capítulos, que aquí no podemos comentar. Y, como la guinda del pastel, habrá que rehacer las reglas de funcionamiento de los organismos decisores, supervisores y administrativos, porque, no cabe duda, la Unión Europea se ha convertido en una gran burocracia gobernada por organismos políticos de desigual capacidad y responsabilidad.

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Bien, pero, ¿es posible todo esto? Es difícil, desde luego. Pero la Unión Económica y Monetaria ha sido capaz de tomar decisiones buenas cuando ha hecho falta, aunque tarde y, a menudo, a medias. Lo que no veo es la posibilidad de iniciar un proceso de revisión de los tratados, a partir de una situación como la actual, en la que no hay problemas graves sobre la mesa -incluso el problema griego parece que se está encarrilando- y en que la noticia de que el crecimiento es positivo y sostenible invita a tumbarse a una buena siesta. En fin, tendremos que seguir predicando en el desierto.     

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