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Bea Toribio: "Mi marido se me declaró en el cementerio"

Esta joven de Badalona vive atenta a la muerte. Pasea por camposantos y rescata esquelas. Dice que se siente más viva.

Pasea por el camposanto de Poblenou hasta llegar al 'Beso de la Muerte', la escultura que corona la tumba de la familia Llaudet. Le reconforta, dice, y le trae buenos recuerdos. Buenos, sí. Porque mientras casi todos huimos del inexorable fin, Bea Toribio (Barcelona, 1983) le tiene afición. Colabora con el Instituto Español Funerario en materia de redes sociales y tiene tres páginas –'intriguings'– en Facebook: 'me-gusta-pasear-por-los-cementerios-y-qué''fotografía postmortem' e 'in memoriam: esquelas virtuales'. 

¿Duerme en un ataúd? Duermo en un colchón viscoelástico estupendo. He probado un ataúd, ¿eh? Incluso he cerrado la tapa. Pero no está pensado para los vivos. Es muy incómodo. Y tampoco tengo prisa.

¿Ya sabe qué final le gustaría? No querría ser enterrada, ni que me metieran en un nicho. Hay una alternativa a la –poco ecológica– cremación: el cuerpo es expuesto a nitrógeno líquido, se vuelve quebradizo y, mediante una vibración, se desintegra. Luego me gustaría que metieran los restos en una urna biodegradable y la enterraran en un parque, donde los niños jugaran a pelota y las parejas pasearan. Sería una manera de normalizar la muerte.

Aun así, le gustan los cementerios. Prefiero tener uno delante de casa que un bar. Los cementerios son sitios de reflexión. En ellos te das cuenta de que no eres eterno. Y es donde Fran –el que hoy es mi marido– se me declaró.

Muy Zorrilla. ¿Cómo se aficionó a la Parca? Estando muy mal, entré en el cementerio del Sant Crist de Badalona, donde vivo, y sentí mucha paz.

¿Por qué estaba muy mal? Tengo un trastorno bipolar de tipo 2, de ciclo ultrarrápido, que me diagnosticaron a los veintitantos. Cuando entré en el del Sant Crist aún no lo sabía.

¿Antes no tuvo síntomas? De pequeña me veía diferente; de adolescente, complicada. Tenía altibajos, idas de olla... Me iba a la biblioteca a leer tochos de psiquiatría para averiguar qué me pasaba. Y a los 16 años me autolesioné en clase.

¿Una llamada de atención? Sí. Mis padres me llevaron al psiquiatra y me recetó antidepresivos. ¡Error! Me dio el subidón y dejé las pastillas. Empecé a vestir de negro, y cambié a Ricky Martin por Marilyn Manson. Abrí una página en MySpace y di con el grupo 'Barcelona Oscura', gente majísima con la que hacía quedadas, también en cementerios.

¿En serio? Siempre respetando. Yo si veo una flor tirada en el suelo, busco la tumba más seca y ahí la pongo. En ese tiempo conocí a Carlos, que murió hace 10 años de cáncer de pulmón. Enfermo como estaba, se comía el mundo. Con él, entendí el valor de vivir el momento. Y del duelo aprendí la aceptación.

Al final se medicó, ¿no? No puedo tratarme. Tengo sensibilidad química. La dosis mínima de un fármaco se convertía en sobredosis. Echaba espuma por la boca, se me dormía la mitad del cuerpo... He aprendido a vivir con esto, y también con el colon irritable, un ojo medio ciego, fibromialgia, artritis inespecífica, hipertiroidismo... (Sonríe) Hago pesas mentales cada día.

¿Puede trabajar? He hecho de todo, y todos me han dicho que soy buena en lo que hago –fui recepcionista en DIR y en una farmacia me querían hacer encargada– pero no puedo comprometerme con un trabajo normalizado. Cuando mi cerebro hace clic, estoy mal.

¿Entonces? La psicóloga me recomendó que me dedicara a algo que me interesara. Así fue como abrí las páginas en Facebook.

La de fotos postmortem da cosita. ¿Por qué sacamos fotos del bebé en el parto y no de un ser querido que ha muerto? Antiguamente eran las únicas fotos que se podía permitir la gente, el único recuerdo que les quedaba.

Acaricia una idea: abrir un Death Café. Es una ilusión, porque no me veo capaz físicamente. No puedo estar delante de pantallas tres o cuatro horas.

Explique de qué va igualmente. El suizo Bernard Crettaz creó en el 2011 el primero, el Café Mortel, para discutir sobre la muerte y combatir el tabú. Si tienes presente la muerte te sientes más vivo, no te aferras a lo material, sintonizas con la naturaleza.

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