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Editorial

La marca Barcelona necesita vigor

La inestabilidad política y su derivada de agitación y movilizaciones en la calle han deteriorado la imagen de la ciudad

Barcelona vista desde su litoral marítimo.

Barcelona vista desde su litoral marítimo. / JOAN CORTADELLAS

Sería absurdo y pueril negar que la imagen de Barcelona ha sufrido erosión en los últimos tiempos. La masificación turística, un problema que aqueja a casi todas las grandes capitales, no es el factor principal, ni tampoco el brutal atentado del 17 de agosto. Lo que realmente ha deteriorado la marca Barcelona ha sido la enorme inestabilidad política de los últimos meses y su derivada de agitación y movilizaciones en la calle. La ciudad amable y acogedora ha sido sobrepasada por la tensión y la inquietud que ha proyectado internacionalmente el procés, y eso ha generado sorpresa, primero, e incertidumbre, después, en muchos de quienes, en España o el resto del mundo, hasta ahora han visto a Barcelona con simpatía y como un potente faro turístico, inversor o laboral. Convertir una ciudad en un polo de atracción no se consigue de un día para otro, sino tras largos esfuerzos, inteligencia y acierto, pero perder lo conseguido suele ser un proceso mucho más rápido. Barcelona no va a dejar de ser un referente internacional, pero debe activar las alarmas tras perder la apuesta por ser la sede de la Agencia Europea del Medicamento. Al Ayuntamiento le incumbe la responsabilidad de ser el motor de la imprescindible recuperación del vigor de la marca urbana, y con más motivo cuando en la propia Barcelona hay quienes desean que cunda el desprestigio de la ciudad porque creen que así se desprestigia también la experiencia iniciada con la llegada de Ada Colau a la alcaldía.

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