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La clave

Miembros del Ku Klux Klan, escoltados por la policía, en Charlottesville. 

Steve Helber

Nazis en la América de Trump

Juancho Dumall

Del gravísimo estallido de violencia ocurrido este fin de semana en Charlottesville (Virginia) se desprende que el tradicional supremacismo blanco permanece enquistado en algunos estados americanos, como una lacra eterna, pese a los avances legislativos y el desarrollo social del país. Y por más que la parafernalia –banderas confederadas, recuerdo a los generales perdedores de la guerra de Secesión (1861-1865) y antorchas del Ku Klux Klan– pueda ser vista como un simple anacronismo, casi como un folclore, conviene hacer hincapié, para no equivocarnos, en la vitalidad mostrada por estos grupos ultras de distintas ramas (nazis, antisemitas, ultranacionalistas, nostálgicos sudista) en los Estados Unidos del siglo XXI.

Algunos cabecillas de los supremacistas no tienen ningún empacho en relacionar sus bárbaras acciones con el pensamiento de brocha gorda expresado por el presidente Donald Trump en su campaña electoral. De hecho el exlíder del Klan David Duke declaró que los manifestantes "iban a cumplir las promesas de Trump de recuperar otra vez nuestro país". Es decir, se establece un lazo de unión entre las impresentables acciones de fascistas de esos grupos violentos y el programa político del actual presidente. Si la Casa Blanca no se apresura a desmarcarse de semejante vínculo, estaremos ante un síntoma de grave crisis del sistema democrático.

La reacción del presidente no ha sido muy alentadora. Sus palabras buscaron una cierta equidistancia entre los ultras agresores y los grupos que salieron a la calle para frenar el desmán. Trump, incapaz de disimular su verdadero fondo ideológico, no supo condenar sin ambigüedad a quienes provocaron los incidentes como respuesta a una medida (la retirada de una estatua del general Lee, por sus ideas esclavistas) que podrá ser discutible, pero que se hizo por la vía legal.

La ira

En el fondo de los disturbios de Charlottesville está el asunto de la revisión de la historia, que Estados Unidos debería abordar con el espíritu abierto que hizo grande al país y no con la ira de los nazis que desprecian a negros y judíos.
 

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