Opinión | En nombre propio

Marina Sancho

Filóloga

MARINA SANCHO

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Mis hijos, tres grandes gurús

«Podría sentir repulsión hacia ellos por todas las fechorías que me hacen. Pero cada vez que los miro se me cae la baba»

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Desde que los niños terminaron la escuela, no sé en qué mundo vivo. Tampoco qué día es. Ni qué hora. Ni qué año. Sé la estación en la que estamos porque me chorrea sudor por todas partes y estoy acribillada de picaduras de mosquito.

Me limito a vivir en la inmediatez. Cuestión de supervivencia. Ya no me pregunto qué hice ayer ni planeo qué hacer mañana. Sería una locura intentar trazar un plan. Solo soluciono urgencias: barro pedazos de cristal de los vasos de agua accidentados, desatasco inodoros obturados con objetos no identificados, pongo yodo en rodillas peladas y lleno estómagos hambrientos. Cuando los niños están en casa, ya no hago cosas importantes: ni contesto correos, ni leo novelas, ni discurro en reflexiones políticas y ni siquiera me pregunto qué hay después de la muerte. Solo quiero saber cuándo llegará su padre del trabajo y se los llevará un rato a jugar al parque. Así me podré duchar y descubriré de nuevo que tengo brazos, cara y piernas... ¡que existo! ¡Que soy más que una máquina expendedora de abrazos, gritos y comida!

Relojes y calendarios

Es en pleno verano, en el punto en que las moscas están más fastidiosas, cuando me olvido del todo de unos objetos denominados relojes y de unos artilugios que llamamos calendarios. Me adentro tan profundamente en la experiencia del momento presente, que cuando necesito firmar y poner la fecha en algún lugar parezco una auténtica alienígena recién llegada de un planeta lejano. Y es que, como verdaderos profesores de yoga, mis hijos me han enseñado a vivir estrictamente en «el aquí y el ahora». Todo lo demás son demasiadas pretensiones.

Ahora que están de moda las técnicas orientales para desconectar la mente y vivir el presente, puedo agradecer a mis hijos el logro completo de este hito. Ya no recuerdo ni quién era antes de parir. Estoy totalmente sumergida en este preciso instante. Ellos me han enseñado que en esta existencia todo es efímero: si haces la limpieza de la casa, en un santiamén ya vuelve a estar toda cubierta de suciedad. También les debo ser una persona más agradecida. Cualquier cosa me hace feliz: cinco minutos de silencio sin que nadie se pelee, una simple comida durante la que no me tenga que levantar 10 veces, dormir toda una noche seguida, comer chocolate negro a escondidas mientras ellos solo meriendan fruta porque es muy sana... ¡He aprendido que la vida puede ser maravillosa siempre que estés dispuesta a recibir sus regalos con los brazos abiertos!

Mis hijos también me han inculcado el don de la paciencia: si no fuera así, ahora estaría ingresada en la unidad de enfermos mentales graves. En lugar de eso, he adquirido la habilidad de respirar hondo y soltar todo lo que no puedo controlar. 

Vuelta a la niñez

Es gracias a ellos que he aprendido a desconectar de forma inmediata. En el mismo preciso instante que salen por la puerta a merendar a casa de la abuela, el éxtasis se apodera de mí y me sumerjo de lleno en todo lo que me proporciona placer. ¡Me siento como cuando era pequeña y podía hacer a escondidas todo lo que quería! Este sentimiento casi criminal todavía aumenta más mi deleite, el cual experimento como si no hubiera un mañana

Por último, mis hijos también me han enseñado qué significa el amor incondicional. Podría sentir repulsión hacia ellos por todas las fechorías que me hacen una vez tras otra. Sin embargo, en lugar de eso, cada vez que los miro se me cae la baba.

De modo que puedo afirmar sin equivocarme que los hijos son unos auténticos gurús. Estar con ellos te acerca radicalmente al estado de la iluminación. Más que nada porque su presencia te enciende.