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La liquidación de ETA

Antón Losada

Las reacciones en España y Euskadi permiten dudar que haya conseguido su objetivo de recuperar el protagonismo político

Desde el anuncio de su rendición hace seis años, ETA había centrado su estrategia en convertir su desarme en un recurso que le permitiera conservar el tutelaje político de la izquierda aberzale, mantener el control de los presos intercambiando armas por acercamientos y lograr la implicación de los estados español y francés en el proceso, buscando dotarlo de los elementos simbólicos que le permitieran presentarlo como un armisticio solemne entre partes que se reconocen contendientes en una supuesta guerra. Se trataba de reforzar ante los suyos su versión épica y militar de 50 años de crimen y terror. En ese relato ETA no acaba derrotada sino que se sacrifica para "abrir una ventana de oportunidad" a la paz, como dijo Arnaldo Otegi. 

El desarme de Semana Santa, ha asumido finalmente el fracaso de su estrategia

El desarme de Semana Santa, anunciado en los medios de comunicación y fiado a verificadores voluntarios, revela que ETA ha asumido finalmente el fracaso de su estrategia. Ni los estados le van a conceder la solemnidad militar que buscaba, ni la izquierda aberzale parece resignada a seguir competiendo electoralmente con la losa del padrinazgo etarra, ni los presos ni sus familias disponen de más paciencia que sacrificar. Incapaz de marcar la acción política, presionada por unas bases y una sociedad civil que ya no tolera pasos atrás, ETA intenta recuperar la iniciativa explotando la única dimensión del proceso que aún controla: la gestión propagandística. 

TÁCTICA COMERCIAL    

ETA no se desarma, liquida un arsenal menguante que solo era cuestión de tiempo que las policías española y francesa acabasen desenterrando sin la cooperación de una banda tan debilitada e inoperativa. Toda la secuencia del anuncio recuerda más a una táctica comercial que a una operación logística. ETA buscaba un impacto publicitario y lo ha logrado, especialmente en Europa. Las reacciones en España y Euskadi permiten dudar que haya conseguido su otro objetivo de recuperar el protagonismo político.

El ejecutivo español no va a variar su discurso de desarme y disolución. Los presos y sus familias van a tener que seguir esperando ahora que la justicia comunitaria ha refrendado la política de dispersión francesa. Un aliviado Otegi y un severo lendakari Urkullu han coincidido en una idea que suena a aviso: ambos esperan que "esta vez sí" sea el desarme completo y definitivo de la banda. Principio del fin del tutelaje para una izquierda aberzale que acaba de condenar la vuelta de una 'kale borroka' y parece cansada al fin de hacer política bajo la sombra de los fantasmas encapuchados. 

AGENDA

Ni el lendakari, ni un gobierno vasco que acaba de asegurar sus estabilidad, van a permitir que ETA vuelva a marcar su agenda ahora que el PNV ha recuperado una posición central en España que le permite impulsar la suya propia; mucho menos aún que enturbie su interlocución privilegiada con Moncloa. Buenas noticias para un Mariano Rajoy que ya puede tratar a los nacionalistas vascos como esos socios serios y fiables que, en el fondo, siempre ha sabido que eran.  

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