La luz de Berenice

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La luz de Berenice

EFE / CATI CLADERA

Una imagen cargada de siglos. De mitos y de lágrimas. Los ojos cerrados, para que la realidad no se cale en las pupilas. Las manos entrelazadas, para tratar de retener los recuerdos. La boca cerrada, para que no escape el aliento, para que la pena no cubra todo el mundo. Y una testa con el pelo cortado a cepillo, sin los mechones de la buena suerte.

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Nada más subir al trono, Ptolomeo III, faraón de Egipto, partió a combatir a Siria para vengar el asesinato de su hermano. Su esposa, Berenice II, prometió a la diosa Afrodita cortarse la larga cabellera si su marido volvía sano y salvo. El hombre regresó y ella cumplió el pacto, pero su melena desapareció misteriosamente del templo. Esa misma noche, el astrónomo Conón de Samos anunció que una nueva constelación había aparecido en el firmamento: la cabellera de Berenice.

La constelación de Coma Berenice solo es visible para los observadores ya avezados. Es sutil. Un enjambre de motas de plata. O de lágrimas. Solo se deja contemplar en las noches sin luna de primavera. Luis Salom murió el 3 de junio. Esa noche la luna menguaba. Faltaban 48 horas para la luna nueva. Quizá la oscuridad fue entonces un poco menos profunda. Quizá en la infinita negrura del dolor brillaron los cabellos que una madre había dejado entre los dedos de las manos de su hijo muerto. Un poco de luz para el camino.