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Es habitual escuchar, en los últimos tiempos, afirmaciones de resignación. En los medios de comunicación y en las conversaciones entre amigos. 'No hay nada qué hacer', dicen. La simple pregunta de '¿Cómo estás?' se convierte a veces en una respuesta repleta de lamentaciones y frustración.

En las elecciones ganan partidos que, teóricamente, deberían estar descalificados por los numerosos asuntos de corrupción que les afectan. La extrema-derecha xenófoba crece en muchos países. Los medios de comunicación públicos renuncian a su función de pedagogía ciudadana y pluralidad informativa. Las guerras y las acciones terroristas se multiplican por doquier. Un día, un fanático mata a más de ochenta personas en Niza arrollándolas con un camión de gran tonelaje cuando estaban presenciando unos fuegos artificiales. Otro joven fanatizado agrede a hachazos a un grupo de chinos que iban en tren en el estado de Baviera. En la capital de ese estado, Múnich, un joven, fascinado por el asesinato de jóvenes cometido por el ultraderechista Anders Brevik en Noruega hace justo cinco años, mataba a tiros, el viernes, a nueve personas, casi todas adolescentes.

El listado es enorme y tendrá, desgraciadamente, continuidad. Al día siguiente del atentado de Niza, Turquía sufría un golpe de Estado que complica aún más su difícil relación país con Europa y con el respeto a los derechos humanos. A esta Europa han llegado cientos de miles de refugiados que huyen de las guerras, los conflictos y la miseria que afligen Siria, Afganistán, Irak, Yemen y muchos otros. Más de 3.000 de estas personas han muerto ahogadas en el Mediterráneo en la primera mitad de 2016, mientras la Unión Europea sólo parece preocupada por evitar que se instalen en sus países miembros.

Las bombas y las acciones terroristas o fanáticas estremecen Bruselas, Niza, Estambul, París, Múnich, Kabul, Bagdad,... y todos cruzamos los dedos para que la ciudad donde vivimos no sea la siguiente de la lista.

Pero frente a la sociedad del desánimo que estos hechos promueven se rebelan multitud de iniciativas ciudadanas. Desde las campañas de acogida a refugiados en todos y cada uno de los países europeos -incluso y a menudo especialmente aquellos donde sus gobiernos se han mostrado más insensibles con ellos- hasta las organizaciones humanitarias -como Médicos Sin Fronteras o Proactiva Open Arms - que rescatan a los miles que se juegan la vida cruzando el Mediterráneo con embarcaciones frágiles.

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Bajar los brazos, esconder la cabeza bajo el ala, aislarse en el individualismo o cerrar fronteras no son ni la solución ni es justo con los millones de mujeres y hombres que se dejan la piel y la salud para ayudar a quien lo necesita.

El miedo y la resignación no pueden imponerse.