ARTÍCULOS DE OCASIÓN

Tráiganme la posteridad hoy

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Tráiganme la posteridad hoy

LEONARD BEARD

He escuchado muchas críticas a Sean Penn Kate del Castillo por prestarse al encuentro con el narcotraficante Chapo Guzmán patrocinado por la revista 'Rolling Stone'. Pero todo periodista, que son los que más molestos parecían, habría peleado por esa exclusiva. No está penado el arribismo. A veces los actores caen en estos excesos, creer que lo importante es figurar de cabeza de cartel, cuando lo importante es dar con un papel que te vaya bien. Y con esto no digo que no merezcan las críticas, sencillamente habrá que estudiar de dónde proceden, no vaya a ser que respondan más a la envidia que al buen juicio. De Sean Penn hace ya años que en esta columna criticamos su modelo de interpretación, esclavo de un gesto único. A Kate del Castillo, por desgracia, solo la conocemos a través de la bochornosa y grotesca teleserie La reina del sur. Lo interesante es detenerse en el ansia del delincuente michoacano por ver llevada su vida a la pantalla. El Chapo Guzmán se sintió aupado, tras la parodia de fuga carcelaria, al estrellato mediático. No le culpo: el tratamiento de su evasión en la prensa fue asombroso por falto de perspectiva, fraudulento y necio. Vistieron de heroísmo lo que fue un ejercicio de compraventa vulgar.

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La televisión y el cine se rindieron hace tiempo al género biográfico. Hasta el punto de que se vende con gran éxito la producción de vidas de personas reales. Se ha convertido en una rama más de la ficción, apoyada en biografías y relatos caudalosos llenos de fantasía y grandilocuencia. Pero no hay más verdad en un biopic que en otro artefacto ficticio, ya desde los clásicos griegos. No existe mayor engaño que esa línea introductoria en los relatos de “basado en hechos reales”. Es cierto que el género facilita los premios de interpretación para los actores que encarnan a un personaje real, pero solo porque la interpretación es una cualidad que muy poca gente es capaz de valorar con criterio, y los espectadores menos informados se limitan a enjuiciar si se parece o no se parece el actor elegido al personaje retratado tras el proceso de maquillaje y mutación física. Es algo así como reducir el arte de la actuación a un concurso televisivo tipo Menudas estrellas.

La relación del espectador y la obra es una relación magnífica donde se admite cualquier artificio que finja realidad para provocar la fe en lo que ves. Los relatos basados en delincuentes de carne y hueso ofrecen, además, dosis adictivas de violencia, rotura de objetos, sexo pagado y droga indolora, todos ellos añadidos golosos para la ficción contemporánea, esa que sin una ametralladora en la mano no sabe cómo se cuenta un cuento. Los delincuentes retratados con su propio nombre adquieren un aura mítica y, aunque hayan sido seres mediocres, corruptos y de una indecencia mayúscula, la ficción, solo por detenerse en ellos, los ensalza como audaces, únicos y valientes. El narcotraficante Pablo Escobar es ya la madre Teresa de Calcuta del narcotráfico, y es normal que el Chapo Guzmán sintiera una punzada de celos y quisiera usar su poder y su dinero para convertirse en algo parecido. La industria del entretenimiento sostiene esa impostura y el tiempo dará la razón al Chapo cuando llegue la cretina ambición creativa a regalarle la posteridad que anhela ya hoy.