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Según el Observatori d’Empresa i Ocupació de la Generalitat, el 60% del empleo creado en Catalunya el tercer trimestre de 2015 fue de mala calidad. Un dato irrelevante para  algunos frente a la necesidad de crear empleo, pero muy importante porque refleja la salud democrática de una sociedad. Si  cada vez hay más gente que inicia el camino de la deslaborización, o que desconecta anímicamente de su trabajo, es que esa sociedad tiene un problema añadido al desempleo elevado. Un problema, por cierto, que ya preocupaba a los reformistas no revolucionarios del siglo XIX entre los que destaca John Ruskin (1819-1900) un crítico agudo de la modernidad.

Según Ruskin, el modelo capitalista se basaba en la avaricia y la productividad, a costa de la degradación del trabajo, que no se podía justificar ni por el empleo precario creado ni por la mayor accesibilidad de los trabajadores a artículos de baja calidad ajenos a las necesidades humanas. Ruskin entendía que no puede haber una buena sociedad  sin un trabajo basado en el afecto y respeto hacia el trabajador, algo que la relación contractual capitalista no podía ni quería concebir. Restaurar una economía basada en el afecto compatible con el sistema capitalista suponía, por tanto, reformar la matriz productiva en la que el trabajo se ejecutaba.

Pero la construcción del afecto necesita tiempo y voluntad y sólo puede darse en estructuras productivas basadas en la pertenencia y en la permanencia que satisfagan al menos dos requisitos: la certeza de la ocupación y el salario fijo. Ruskin ve en la perpetua incertidumbre y precariedad de la ocupación y en la  volatilidad del salario los elementos que hacen imposible  la química de los afectos. Una mala noticia porque sólo desde el afecto se conseguirá que el trabajador sienta respeto hacia su patrono y desarrolle compromiso con la empresa, laboriosidad, honestidad y felicidad, aceptando los sacrificios que impongan los malos tiempos.  Las crisis económicas, o las oscilaciones de la demanda, no deben por tanto ser el elemento determinante de una política de ocupación reducida a la relación ocasional.

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Para Ruskin el trabajo es parte esencial de la vida del hombre y de su realización como persona. Por eso, su crítica a la división del trabajo no es económica, sino moral porque los hombres "son rotos en pedacitos, de modo que el uso de su inteligencia se limita a producir la punta del alfiler o la cabeza de un clavo”. Un modelo productivo que hace que los trabajadores se avergüencen de sí mismos, porque  el  trabajo degradante, al que están condenados, les hace sentir como seres humanos degradados.

En su defensa del trabajo decente, la OIT dice que la economía debe estar al servicio del hombre y no a la inversa. Seguro que John Ruskin estaría de acuerdo.