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Como cualquiera se puede imaginar desde hace unas semanas me toca dar explicaciones a bastante gente de Madrid sobre todo lo que está pasando en Catalunya y cuál es la previsible evolución del proceso catalán. No me considero especialmente dotado para la ciencia de la prospectiva, pero sí aconsejo a mis interlocutores poner las luces largas y mirar más allá de la coyuntura concreta y puntual que, ciertamente de manera acelerada, nos condiciona, inevitablemente, en nuestros análisis, pero que demasiado a menudo nos despista sobre lo esencial.

A mis interlocutores les explico algunas obviedades, que son, en mi opinión, lo más relevante e indiscutible de la nueva realidad catalana, y que han llegado para quedarse.

1. Un sólido y transversal deseo de tener un país mejor, que es el motor social que empuja la demanda a favor del Derecho a Decidir, después de un periodo largo de pésimo funcionamiento de la economía para la mayoría de las familias, una degradación institucional sin precedentes que es resultado del cáncer de la corrupción, la decepción con las élites, que ha roto la confianza en la política representada por los partidos más convencionales, y la sensación de ruptura de la movilidad social ascendente que interpela a los jóvenes y el su futuro más inmediato.

2. La desconexión sentimental de un sector muy amplio del país con el proyecto español, como resultado de tres lustros de decepciones y frustraciones de los intentos catalanes de obtener el reconocimiento, el poder y los recursos que Catalunya cree justos y necesarios. El desencadenante fue la sentencia del Tribunal Constitucional sobre el Estatut y el origen la idea de España que Aznar propulsó a principios de los 2000.

3. La convicción, inmensamente mayoritaria en Catalunya, y que comparten desde aquellos que quieren la independencia con la bandera ondeando en las Naciones Unidas hasta los que suspiran por una reforma constitucional inclusiva, pasando por todos los matices que conviven entre y otros, que el vigente 'status quo' de Catalunya es insoportable y que reclama ser cambiado de manera perentoria.

4. La aspiración, también de la inmensa mayoría del país, que el futuro político de Catalunya debe ser el resultado de lo que los catalanes quieren y que se expresa en la demanda de celebrar un referéndum o una consulta para decidir este futuro. Una aspiración democrática en el Parlament que tiene el apoyo de más del 80% de los representantes del pueblo.

5. Y, por último, la reiteración del carácter democrático, pacífico y europeísta del movimiento catalanista.

Y les cuento que pase lo que pase, el próximo 9 de noviembre, o incluso pase lo que pase en las próximas elecciones catalanas, la nueva realidad catalana es muy terca y poderosa y que terminará, más tarde o más temprano, imponiéndose. Y cuanto más tarden las instituciones españolas a abrir el diálogo para canalizar por la vía de la política esta realidad, más complejo y arriesgado será todo.

Y es verdad que tengo interlocutores absolutamente cerrados en banda y sordos, pero también personas que aceptan encontrar la manera de dar una respuesta satisfactoria al planteamiento catalán.

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Los próximos días, semanas, meses, serán ciertamente decisivos, pero haríamos bien todos, no solo los partidos sino también las plataformas ciudadanas que empujan el proceso catalán, de no perder de vista lo que compartimos la gran mayoría: un país mejor, el carácter insoportable del actual 'status' político y la voluntad de decidir desde Catalunya nuestro futuro. Estas líneas tienen una fuerza imparable cuando se defienden desde la máxima unidad política y civil posible y cuando se acompañan de la generosidad de sumar más gente a la causa, evitando formular miradas excluyentes aquellos que no son suficientemente "puros". No debemos actuar de forma apresurada y precipitada para satisfacer las vanidades de unos u otros. Ciertamente todo ello depende de nosotros y no de Madrid.

Post publicado en el blog de Carles Campuzano