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Unas cuantas cadenas privadas de televisión, gracias a la promoción de una casa de cervezas gallega, saludaron el año nuevo con un brindis de burbujas que no eran ni de cava ni de champán sino del fruto de la fermentación de cereales gracias a la ayuda inestimable del lúpulo benefactor. Es decir, brindaron con cerveza, pero no con copas llenas de líquido amarronado y con espuma sino haciendo chocar suavemente dos botellas de la marca patrocinadora, porque, si no, si no se hubiera visto el logotipo, la publicidad no habría tenido ningún sentido.

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Francamente, estoy de acuerdo con la indignación del sector cavista. La cerveza me merece un altísimo respeto y entiendo que un brindis así es del todo lícito y muchas veces tan emotivo (o más) que el que hacemos a partir del método champenoise, pero dos amigos con dos botellas de cerveza en la mano más bien celebran una victoria en el campeonato de fútbol sala o un after work con tapitas. Pero no un Fin de Año.

Encima, quien ayer brindaba con cerveza era Anna Simon, actual reina del cava. Un resbalón. Una monarca de este tipo debería impregnarse del espíritu cavista hasta la muerte y debería ser embajadora en el mundo de la bebida festiva por excelencia. Yo, si fuera del consejo regulador o de la cofradía, tomaría medidas drásticas. La haría abdicar. Sin honor, como hacían con los oficiales traidores del séptimo de caballería en las películas del oeste.