El proceso soberanista

La batalla por las ideas

Es lamentable que figuras de la academia se prestaran a participar en el famoso seminario de historia

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Pocos días antes del inicio del simposio Espanya contra Catalunya: una mirada histórica (1714-2014), el sociólogo Pau Marí-Klose nos recordaba, en un interesante artículo (La batalla por la hegemonía epistémica), la doble lucha que lleva tiempo librándose en Catalunya en torno al proceso soberanista. Por un lado, la disputa por la opinión pública en los medios de comunicación. Y, por otro, lo que él denomina la lucha por la hegemonía epistémica, o sea, la batalla por fijar desde el mundo académico cuál es la «verdad» en torno a las razones del proyecto independentista y a su posible viabilidad jurídica, económica y política.

La situación general de los medios catalanes ya ha sido comentada otras veces, y descrita en términos de «espiral del silencio», pues muchos periodistas y tertulianos se han adaptado al clima general de lo que conviene decir y defender. Lo hemos visto claramente en relación a la doble pregunta encadenada que acordaron los partidos del bloque soberanista. Sorprende la falta de crítica ante una formulación que, cuanto menos, debería haber sido puesta en la picota por su confusión conceptual. Si el periodismo de este país estuviera más despegado de la épica del proceso, el lío organizado sobre cómo deberían contarse los votos hubiera abierto una crisis que habría dejado inservible el acuerdo sobre la pregunta al día siguiente.

Que algo tan importante como determinar la regla de la mayoría no se hubiera acordado y esté sujeto a interpretaciones diversas, es de una enorme gravedad. Que Artur Mas diga que «importa votar, no cómo contaremos», ya lo dice todo, como acertadamente destacaba EL PERIÓDICO. Ante eso solo caben dos explicaciones. La tesis de la conspiración: la doble pregunta eliminatoria sería una trampa para posibilitar una victoria secesionista, aun contando globalmente con menos votos. O de la improvisación: la fórmula no es otra cosa que una chapuza con la que esos partidos han intentado salvar un acuerdo que, poco antes, parecía imposible. Quedémonos con la segunda, solo posible, claro está, porque todos saben que esa consulta no se llevará a cabo en esos términos ni en la fecha establecida. Con todo, eso no quita importancia a la falta de opiniones críticas en los medios, sobre todo cuando una voz tan autorizada como la del quebequés Stéphane Dion ha declarado que, «en Canadá, esta pregunta en dos partes sería denunciada» por manipulación. Escaso eco han tenido las palabras del padre de la ley de la claridad. Seguro que si hubiera dicho que la pregunta le parecía acertadísima, se le entrevistaría en TV-3 como autoridad internacional que avala el proceso.

Volviendo al análisis de Marí-Kose, cuando afirma que la administración ha creado condiciones propicias para que el proceso, en sus diversas expresiones, se convierta en un campo preferente de investigación, quiero volver al famoso simposio que se vio eclipsado por el acuerdo sobre la pregunta. Lo peor no era el título, que recibió una descalificación bastante unánime. Tampoco que un organismo dependiente del Govern, como el Centre d'Història Contemporània, y su director, Jaume Sobrequés, nombrado por razones políticas, organizase un evento propagandístico y maniqueo en un momento así.

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Lo grave ha sido que algunas figuras de la academia se hayan prestado a colaborar en algo tan burdo. Por ejemplo, Josep Fontana, que aceptó dar la conferencia inaugural sin conocer el provocativo título del simposio, pero de quien podía esperarse que hubiera ejercido su habitual actitud crítica y exigido a los organizadores su modificación. Valía la pena hacerlo porque la dimensión del escándalo era previsible, y se ha puesto injustamente en duda el bagaje científico de la historiografía catalana, como lamentaron esos días prestigiosas voces.

Hubo tiempo de sobras desde que se hizo público su contenido en junio. En realidad, sí que se cambió alguna ponencia que no pareció conveniente a los intereses independentistas en su estrategia de seducir a los castellanohablantes. La que trataba sobre «la inmigración como factor de desnacionalización» fue suprimida. Si aquellos que fueron invitados al principio no se vieron capaces de revertir un título que afeaba sus trabajos, más lamentable es aún que otros profesores aceptaran participar una vez conocido el aroma hispanófobo del simposio, que la entidad catalanista Somatemps tuvo la valentía de denunciar con un pequeño acto de protesta y una carta que entregaron a Sobrequés. Y es que la lucha de las ideas se encarna a veces en gestos simbólicos.