24 oct 2020

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Tribuna

¿Intolerancias?

Montserrat Tura

Hay dos principios inherentes a la condición de demócrata, además de una base de respeto a los derechos humanos que doy por aceptada sin necesidad de más comentarios: la igualdad y la pluralidad. Pero la realidad sigue siendo desigual y la aceptación normalizada de diferentes opiniones sobre un mismo tema va adquiriendo actualidad por la aparición de afirmaciones salpicadas de intolerancia en diferentes ámbitos de la vida catalana.

Nadie se considera intolerante, nadie quiere ser tildado de serlo, y tal vez todos lo hemos sido un poco en algún momento de nuestra vida. No hay que confundirlo con la firmeza ni con la vehemencia del argumentario, como no hay que confundir la razón con la radicalidad, ni la radicalidad con la mala educación.

Hasta aquí, unas cuantas obviedades que, pese a serlo, considero necesarias. Vivimos momentos interesantes y preocupantes, y los vivimos con pasión, pues la crisis económica ha puesto al descubierto la fragilidad de conquistas sociales que creíamos irreversibles y tenemos la necesidad y la obligación de encontrar nuevos contrafuertes que hagan más sólido lo que habíamos construido y que llamábamos Estado del bienestar, un término popularizado por los liberales porque no querían que una sociedad con servicios públicos desarrollados se llamara socialdemócrata pero al final aceptado por todos. La igualdad soñada ha dado muchos pasos atrás en poco tiempo y el acceso al conocimiento y a los servicios y los ascensores sociales están en liquidación. Pero nos queda la igualdad jurídica y la igualdad ante las urnas, y nadie debería menospreciar su fuerza, la capacidad de transformación de la suma de muchas personas dispuestas a cambiar lo que las rodea.

Y si la igualdad defendida firme y colectivamente tiene un inconmensurable poder de transformación, la pluralidad y su aceptación es el antídoto de la intransigencia. «No estoy de acuerdo con lo que dices, pero lucharía hasta la muerte para que tuvieras la libertad de decirlo» era una frase muy extendida entre los diferentes colectivos antifranquistas.

La sociedad catalana, la Catalunya nación, debate cada día sobre su derecho de sufragio. Buscamos formas de ejercerlo para decidir si la libertad de los pueblos y naciones ha de ser libre o voluntaria o si, en la Europa del siglo XXI, los estados modernos pueden someter a las comunidades nacionales a un estatus contra su voluntad mayoritaria. El debate es apasionante y marcará la evolución del Derecho constitucional y de la teoría política de las próximas décadas. Hay que hacerlo bien, sin frivolidades y sin prejuicios. Nos observa el mundo y condicionaremos la vida de las generaciones que nos sucederán. Pero lo que me anima a escribir hoy no es la defensa de lo que hemos popularizado como derecho a decidir, del que públicamente me he mostrado partidaria. Lo que me empuja a escribir es la tendencia a rebelarme contra la intransigencia, venga de donde venga.

No podemos juzgar a las personas por lo que votarán en una consulta en la que deberemos garantizar el voto no coactivo y secreto y, como demócratas, la igualdad de expresión y de medios de las diferentes opciones y en la que será necesario medir muy bien cuál es la pregunta. El riesgo de caer en la intransigencia puede lesionar el llamado proceso soberanista. Y el prejuicio, la resistencia al cambio, la sordera ante el clamor de la calle, el recurso del miedo, la acusación de «separatismo cegado» se convierten en negadores de la evolución inevitable y deseable de unas estructuras cuya rigidez e interpretación restrictiva ha corrompido el espíritu del pacto constitucional, porque aquel tiempo de angustias y renuncias era para construir un marco de libertad, no una coraza rígida y opresiva. La intransigencia del unionismo impide ver la importancia política del momento.

Aún estamos a tiempo de hacer un proceso lleno de argumentos sólidos que sustituyan a la descalificación. A tiempo de volver a defender la pluralidad como principio irrenunciable de la democracia. Y que nadie se equivoque pensando que el respeto es debilidad, pues pertenecemos a un pueblo que ha convertido el respeto, y la exigencia de ser respetado, en fortaleza.

Pluralidad, igualdad, respeto, firmeza, capacidad de convencer con argumentos sólidos, inteligencia del debate político, movilizaciones (las que hagan falta) y las urnas, siempre las urnas. También en la libre determinación de los pueblos.

Quería que mi partido levantara esta bandera, la de un pueblo que reclama su derecho a sufragio para que las diferentes posiciones se puedan expresar y no se juzgue a las personas por lo que votan sino por si permiten votar, que es la expresión más libre de los hombres y las mujeres y, por tanto, de los pueblos. Por eso celebré los acuerdos del último congreso y el voto favorable a casi la totalidad del pacto fiscal y la propuesta de final de la legislatura de respaldo a una consulta en la que el pueblo catalán decida libremente su futuro. Y he lamentado que se argumentara la falta de pluralidad para no participar en la mesa del Pacte pel Dret a Decidir, pues estando el PSC habría sido más plural. Lo escribo en estas páginas y lo he puesto a debate en los órganos de dirección de mi partido, el PSC, desde el que defendí la normalización lingüística, la catalanización de la vida pública, la modernización de nuestras constituciones, la ampliación del marco estatutario y la indignación democrática ante una sentencia que nos hizo salir a la calle. Un partido que ha reclamado la emancipación nacional y que ahora, en algunos de sus gestos, no reconozco y en el que a veces me cuesta reconocerme a mí.

Estas últimas semanas, a los que no coincidimos con la versión del primer secretario se nos ha invitado a irnos, como si descubriéramos ahora la expresión de las diferentes sensibilidades, como si los gobiernos de Maragall y Montilla o el liderazgo de Raimon Obiols hubieran caminado sobre una alfombra de pétalos en los debates internos. ¿Cómo podemos levantar la voz contra la intolerancia si hemos dejado de creer que integrar diferentes sensibilidades es función obligada de quien lidera una fuerza política que siempre ha querido presentarse a la sociedad como constructora de puentes? ¿Cómo hablaremos de diálogo si insinuamos la exclusión, si despreciamos la diáspora?

Hay una defensa del derecho a sufragio y de la libertad de Catalunya en contraposición a la lectura pervertida del pacto constitucional que solo puede hacerse desde posiciones de izquierdas y que no puede ser la excusa para no formular nuevas propuestas de mantenimiento de la igualdad de oportunidades sociales ni es mesiánica. Sencillamente, es la defensa de la igualdad la que nos hará libres de verdad, y más socialistas.