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La Marca Empaña

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Mira que no quería, mira que lo he venido esquivando, mira que he estado intentado no hablar de ello, pero será porque este fin de semana se ha producido la autofelación anual del Festival Publicitario de El Sol, o porque no me han premiado lo que yo esperaba y tengo el ego así como tocao, o por lo que sea, pero lo cierto es que al final he claudicado.

Hoy tengo que hablar de la Marca Empaña. Y tú con esos pelos.

La Marca Empaña es una gran marca. Mira si es grande que cuando han creado un comisionado que la promocione y salga con la maletita a venderla, han tenido que crear un Alto Comisionado, porque seguramente uno bajito no habría dado el nivel. Los bajos no sólo dicen los estudios que cobran menos, sino que ahora nos enteramos de que no se les puede dejar a cargo de las grandes marcas, como mucho venderán marquitas del todo a 100. Mira, igual por eso es que no hay muchos chinos de metro ochenta. Y así nos va.

El caso es que la Marca, para empezar, Empaña. Esa es una primera gran verdad. Pero la dejaré para el final, que eso jode mucho y por lo tanto funciona.

La segunda gran verdad es que cada uno de nosotros gestiona su propia marca. Incluso los bajitos, sí. Nos guste o no, todos y cada uno de nosotros somos una marca. Cuando digo esto siempre hay algún espabilao que me corrige, y me dice que él es una persona, un ser humano conectado al concepto de derecho universal y megatones de energía cósmica. Suele ser el mismo que se ofende si no le llamas por su nombre propio. Muy estupendo todo.

No somos lo que pensamos que somos. Ni mucho menos lo que decimos que somos. Ni siquiera lo que hacemos o aquello a lo que nos dedicamos. Somos lo que la gente recuerda. Y sobre todo, somos lo que esa gente siente cuando lo recuerda. Y ésa es precisamente una de las mejores definiciones de marca que existen. Una respuesta emocional en los demás que permanece en el tiempo.

La tercera gran verdad es de Chufo Lloréns: la distancia es al amor lo que el viento al fuego, aviva los grandes y apaga los chiquitos. Lo mismo ocurre con las marcas, o con el tiempo, lo que yo llamo el Síndrome de Jorge Manrique, un saludo para los amantes de la Copla.

Y la última gran verdad es que a la marca le pasa como a los alimentos: sufren con el transporte desde su punto de origen. Cuando estoy en Barcelona, soy de Sarrià. Cuando Estoy en Catalunya, soy un 'pixapins'. Cuando voy a Madrid soy ése, el catalán. Y cuando viajo al extranjero, o bien me tachan de español (lo de tachar hoy no es un eufemismo) o por alguna extraña razón, vuelvo a ser de Barcelona, sí, pero de la Barcelona del 92, la de hace ahora 21 años. Casi ná.

Seguramente los príncipes sean de lo mejorcito que hay hoy en día por Zarzuela. Así lo cree alguien que, pese a ser visceralmente republicano, los conoció y salió gratamente sorprendido del encuentro. Pero cuando viajan a Barcelona, ahí ya no son Príncipes de Asturias, sino Casa Real. Y por lo tanto, no escuchan ópera, sino pitidos.

Da igual lo que diga o piense de mí mismo. Es lo que sientan los demás cuando me recuerden. Ésa sigue siendo mi verdadera y única marca.

Por eso da igual que un expresidente se rasure el bigote, porque todos lo seguimos viendo ahí, bien poblado. Da igual que se haga fotos con traje y corbata, le seguimos viendo enseñando abdominales en la playa, zapatos en la Casa Blanca y dientes en Azores. Da igual que no quiera ser recordado como el presidente de la trama Gürtel. Da igual que amenace con volver. Eso, afortunadamente, ya no está en su poder. Está en el nuestro.

Da igual las políticas de inmersión lingüística que perpetre un gobierno reencarnado en un mesías salvador, o la contrarreforma educativa impuesta por un ministro vampírico absolutamente desquiciado. Si alguien visita Catalunya y encuentra conflicto e intolerancia, lo que se lleve será eso. Lo que le haya marcado. Marca. Do.

Da igual el desembarco que haga nuestro Alto Comisionado en Bruselas el próximo 4 de junio con tapas, vinos y modelitosfashion. La foto de policías contra bomberos será mucho más recordada por los que leyesen 'The New York Times'... y por los que no, también.

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Y es que la Marca, como tozuda que es, Empaña.

Y cuanto más arriba, más Empaña.