Arte
Frances Morris y el día que la Tate de Londres dejó de servir salmón
La ex directora de la Tate explica en las Jornadas de Arte y Sostenibilidad de la Fundació Macba qué medidas puede tomar el sector para reducir su impacto ambiental y cuestiona el ritmo de acumulacion de obras, viajes y almacenamiento de las grandes instituciones
Un cálculo revela que, al ritmo habitual de renovación de las salas, el 50% de la colección internacional moderna y contemporánea de la Tate jamás llegará a exponerse. «Es una colección pública y es la colección más privada de la tierra. Qué paradoja», lamenta
«Los logros se deben a la pasión y el compromiso no de las instituciones en sí, sino de las personas que las dirigen o que ostentan el poder», señala Morris. El problema es que cuando esas personas se marchan, la visión también puede desaparecer con ellas

La ex directora de la Tate, Frances Morris, en las V Jornadas de Arte y Sostenibilidad de la Fundació Macba. / MICO Studio

Frances Morris fue la primera mujer al frente de la Tate de Londres. Entre 2016 y 2023 dedicó grandes retrospectivas a Louise Bourgeois, Yayoi Kusama y Agnes Martin. Pero además de impulsar la proyección de artistas femeninas a escala global, sus años como directora coincidieron con el estallido social de la emergencia climática. Los compromisos sostenibles que adquirió entonces la convirtieron en una de las voces más respetadas en un asunto que siempre ha sido delicado, tirando a difícil: cómo transformar transatlánticos culturales poco acostumbrados al cambio y cómo equilibrar el poder del arte y el dinero, inmersos en unas dinámicas que hasta hace poco no tenían demasiado en cuenta el cambio climático y las desigualdades sociales.
Morris fue una de las invitadas a las recientes Jornadas de Arte y Sostenibilidad organizadas por la Fundació Macba, las quintas que se celebran en Barcelona. Allí defendió una transformación profunda del sistema artístico para hacer frente a la crisis climática y cuestionó un modelo basado en el crecimiento, la acumulación y la circulación constante de obras y personas. ¿Qué pasará con las miles obras de la generación de coleccionistas formada por los nuevos millonarios surgidos en Rusia y Asia en los 90, que ahora llegan a la madurez y empiezan a plantearse su destino? ¿Podrán el mercado o las instituciones absorber tal cantidad de arte?
Alcanzar las cero emisiones netas en 2030
Cuando Frances Morris asumió la dirección de la Tate Modern era consciente de que el museo afrontaba dos problemas que acabarían convergiendo: la crisis climática y la necesidad de preguntarse a quién representaba realmente. Un informe de la Universidad de Warwick había mostrado que el público de los museos británicos estaba marcado por enormes privilegios que tenían que ver con la clase y la educación. «Aunque éramos una institución pública con valores que parecían abogar por la diversidad, la apertura y la colaboración, en realidad éramos una organización muy elitista que no llegaba a sus vecinos», recuerda. Para Morris, aquella constatación obligaba a imaginar el museo de otra manera.

La exposición 'Ice Watch' del islandés Olafur Eliasson y el geólogo Minik Rosing en la Tate Modern de Londres, en 2018. / DANIEL LEAL-OLIVAS / AFP
La emergencia climática terminó de ampliar esa mirada. En 2018, el informe especial del IPCC sobre el límite de 1,5 grados convirtió el cambio climático en una cuestión urgente y tangible. Un año después, un grupo de activistas de Culture Declares irrumpieron en la Tate para reclamar que la institución asumiera un compromiso. Morris les abrió las puertas y tras varias mesas de debate con artistas, galeristas, prensa y profesionales del sector, la Tate declaró la emergencia climática.
No fue, insiste Morris, una declaración simbólica. La institución se comprometió a revisar su funcionamiento, desde las fuentes de energía y la gestión de residuos hasta la manera de organizar exposiciones, transportar obras o ampliar la colección. Se instalaron paneles solares, se recurrió a energía verde y agua reciclada y se fijó el objetivo de alcanzar las cero emisiones netas en 2030.

Morris en las Jornadas de Sostenibilidad en el Macba. / MICO Studio
Y el salmón desapareció de los menús
Frente a una junta poco concienciada, Morris descubrió que los artistas podían conseguir cambios que los conservadores de siempre no siempre lograban impulsar. El dúo Cooking Sections, por ejemplo, aceptó realizar un proyecto en la Tate Britain con una condición: que el salmón desapareciera de los menús del servicio de restauración. «Y el salmón desapareció de los menús», explica. El episodio se convirtió en un estímulo para el equipo, sobre todo para los más jóvenes.
Sin embargo, la experiencia en la Tate también le mostró los límites de las instituciones. Cuando abandonó el cargo, hace tres años, estaba especialmente preocupada por cómo coleccionar y cómo organizar exposiciones. «Me di cuenta de la naturaleza inamovible de las instituciones», afirma. "Y que incluso las organizaciones relativamente jóvenes tienden a institucionalizarse rápidamente. La gente no quiere cuestionarse a sí misma ni alterar el rumbo cuando las cosas marchan bien en una dirección determinada», reflexiona.
Ya fuera de la Tate, Morris continuó trabajando desde la Gallery Climate Coalition (GCC), una organización surgida en Londres tras la declaración de emergencia climática. Su objetivo es construir un mundo del arte ambientalmente responsable y reducir al menos un 50% las emisiones del sector de las artes visuales, además de avanzar hacia una generación de residuos cercana a cero en 2030.

La calculadora de carbono de la Gallery Climate Coalition. / EPC
La coalición reúne a galerías comerciales, museos, organizaciones sin ánimo de lucro, artistas y profesionales independientes. Los datos recopilados durante cinco años ofrecen, según Morris, motivos para combatir el reciente fatalismo que parece haberse instalado en el discurso del cambio climático, unido a cierto cansancio. El 79% de los miembros que adoptaron medidas había conseguido reducir sus emisiones en un 25% o más. Entre los casos citados están instituciones públicas, casas de subastas como Christie's y galerías comerciales como Hauser & Wirth.
De Shangai a Miami
Pero, tal y como señala Morris, la cruda realidad es que muchos de estos avances dependen de personas concretas y que cuando estas cambian o son sustituidas, sus ideales también. «Los logros se deben a la pasión y el compromiso no de las instituciones en sí, sino de las personas que las dirigen o que ostentan el poder», señala. El problema es que cuando esas personas se marchan, la visión también puede desaparecer con ellas. Ha ocurrido.
Para Morris, el gran asunto pendiente es el concepto de crecimiento. El mundo del arte se ha expandido de forma extraordinaria durante las últimas décadas: más ferias, más bienales, más exposiciones, más colecciones, más viajes y más transporte internacional. «No existe tal cosa como el crecimiento sostenible», sostiene Morris. Las ferias internacionales, por ejemplo, necesitan trasladar obras y personas por todo el mundo y consumen enormes consumos de combustible, energía y recursos. “Todos estamos viajando constantemente, de Miami a Shangai, de Basel a París”, reconoce.

Una obra de Derrick Adams en la Art Basel de 2019 de Miami. / RHONA WISE / EFE
La colección, un iceberg sumergido
La paradoja afecta directamente a los museos, cuyos almacenes albergan tantas obras de arte que funcionan como un iceberg en el que la parte expuesta es minúscula en comparación con lo acumulado. Un cálculo revela que, al ritmo habitual de renovación de las salas, el 50% de la colección internacional moderna y contemporánea de la Tate jamás llegará a exponerse. «Es una colección pública y es la colección más privada de la tierra. Qué paradoja», lamenta. Una artista llegó a preguntarle si conseguiría ver su obra expuesta antes de que muriera su madre. Morris lo logró, pero la pregunta le hizo pensar en todos los demás artistas cuyas obras entran en una colección pública para quedar, en la práctica, fuera de la vista del público.
De ahí surge otra de las preguntas incómodas: ¿a quién sirven realmente las colecciones? ¿A las personas, al planeta o a los beneficios económicos? Morris cuestiona también el coste de conservar indefinidamente obras en condiciones óptimas. Puso como ejemplo ‘La mujer que llora’, de Picasso, conservada en la Tate bajo exigentes criterios de temperatura, humedad, seguridad, por no hablar de los seguros. Esas mismas condiciones dificultan que las colecciones públicas puedan viajar a universidades, hospitales, bibliotecas o ayuntamientos. La solución, plantea, pasa por liberar las colecciones y acercarlas a nuevos públicos.

La sala de turbinas de la Tate, con una de las arañas de Louise Bourgeois. / EPC
La crisis climática, apunta Morris, no puede reducirse a apagar luces o consumir menos electricidad. También implica redistribuir las colecciones, colaborar más, hacer accesibles las instituciones y permitir que las personas no solo contemplen arte, sino que participen en su creación. La cuestión medioambiental es, en definitiva, inseparable de la desigualdad y la estructura social.
"El sistema no es inmutable"
En esa transformación, la ex directora de la Tate descubrió el papel central a los equipos internos de los museos, las personas que trabajan en ellos. «Echando la vista atrás, creo que más de la mitad de lo que logramos en la Tate se hizo sin gastar absolutamente nada de dinero», afirma. El personal más joven, frustrado por la falta de acción, encontró espacios y estrategias para impulsar cambios desde dentro. Los directores, sostiene, tienen poder, pero una parte de ese poder consiste precisamente en empoderar a los demás.
Morris finalizó su charla apelando al cambio como motor. “En realidad, el modelo actual del mundo del arte tiene menos de un siglo y tiene sus raíces en la Ilustración, en una cultura asociada a la acumulación, la extracción y la dominación. El sistema no es inmutable. Y todos somos cómplices», apunta.
Citando a Mark Fisher, Morris recuerda una de las ideas más compartidas del célebre pensador: a veces parece más fácil imaginar el fin del planeta que el fin del capitalismo. Ella observa un dilema parecido en el mundo del arte: cuesta imaginar un sistema diferente al que conocemos. Por eso reclama colaboración entre museos, galerías, ferias, artistas, coleccionistas y comunidades. «Ninguna parte individual del ecosistema artístico puede resolverlo por sí sola», sostiene. “El mundo del arte está formado por muy pocas personas, pero son poderosas”, añade. Frente a la apatía que, según Morris, ha sustituido al entusiasmo de los primeros años de la emergencia climática, hay que convertir la transformación institucional en una misión “apasionante”. «Tenemos que encontrar motivos para la esperanza y la acción».
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