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Opinión | La caja de resonancia

Barcelona

Ser fan-fan no da puntos: ¿quién se merece más una entrada?

Los seguidores veteranos de artistas que se han hecho masivos están enfadados: sienten que la antigüedad y profundidad de su vínculo no cuentan a la hora de comprar entradas, porque se les mezcla con la marabunta. La solución mágica no existe

Arde Bogotá en una imagen de archivo

Arde Bogotá en una imagen de archivo / FERRAN SENDRA

La iniciativa de Arde Bogotá, la semana pasada, de vender las entradas de sus próximos conciertos a la antigua, convocando al público a las puertas de los clubs y que procediera a formar colas, tal vez reforzó el aura romántica de la banda, pero ni evitó la reventa ni demostró que este sistema sea mejor que el digital. Ya no digamos si se tratara de dos conciertos en estadios como los de Oasis, donde el dispositivo de colas sería faraónico y mucho más propenso al sacrificio y al caos que el proceso en una web.

Pero hay algo más: la cuestión visibiliza la tensión que existe entre los fans ‘hardcore’ de un artista y el resto del público. Porque, hoy, los seguidores veteranos, los ‘connaisseurs’ de un artista que ha crecido comercialmente y accede al gran público, están enfadados. Sienten que su antigüedad no está siendo reconocida y se preguntan por qué demonios, para conseguir un ticket, tienen que competir en las mismas condiciones con alguien que acaba de descubrir a ese grupo porque una de sus canciones se ha hecho viral en TikTok.

La democratización está muy bien, menos cuando sientes que a ti no se te debería tratar igual que al resto porque has hecho méritos para distinguirte. Entre los fans se oyen argumentos a favor del viejo orden: hay una antigua cultura del esfuerzo y el martirologio alrededor de los madrugones y las noches haciendo guardia ante el punto de venta, las colas largas y épicas, y el sentimiento de hermandad que puede generarse entre la marabunta. Aquella era una ‘experiencia’ mucho más heroica que la de pasarte unas horas conectado a una pantalla, defienden. No lo creo: cuestiones logísticas al margen, aquel método era apto para estudiantes y jovencitos ociosos que podían perder una jornada entera en el lío, y poco practicable para adultos con vida laboral. Y expulsaba a quienes no vivieran en grandes ciudades.

Los fans-fans querrían que sus galones sirvieran para algo, que se reconociera su papel de impulsores primigenios del fenómeno, y el procedimiento digital no está para esas atenciones. ¿Quién se merece más una entrada, se preguntan? Pero nos olvidamos de que la demanda actual de los conciertos-evento se ha desbocado. La solución mágica no existe: ni la cola virtual, ni el sorteo, ni el código, ni la pregunta sobre la biografía del artista (como hace Oasis). El macroconcierto vende abundancia, cuando es dramáticamente escaso: las entradas son finitas y cada vez son más quienes las desean. Personas, una a una, que toman sus decisiones.

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