Estreno de 'Los asesinos de la luna'

Petróleo, asesinatos y un FBI en pañales: la historia real detrás de la nueva obra maestra de Scorsese

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Una escena de 'Los asesinos de la luna'.

Una escena de 'Los asesinos de la luna'. / EPC

Nando Salvà

Nando Salvà

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En mayo de 1921, Mollie Burkhart fue citada junto a un barranco en la reserva de los Osage, la tribu indígena estadounidense a la que pertenecía. Un cadáver acababa de aparecer allí, y alguien supuso que ella podía identificarlo. Claro que podía: la muerta era su hermana mayor, Anna Brown, desaparecida desde hacía una semana; tenía un agujero de bala en la cabeza. No era el primer miembro de la familia que Mollie había perdido recientemente, y no sería el último. 

Después de todo, durante la primera mitad de los 20, decenas de Osage fueron asesinados a sangre fría, envenenados o ejecutados, o simplemente retirados de circulación. El misterio que inicialmente envolvió sus muertes resultó ser una conspiración, que el periodista David Grann investigó en ‘Los asesinos de la luna: Petróleo, dinero, homicidio y la creación del FBI’, el extraordinario libro en el que Martin Scorsese ha basado su nueva película, monumental. Protagonizada por los dos actores fetiche del director, Leonardo DiCaprio y Robert De Niro, ‘Los asesinos de la luna’ llega a los cines en los próximos días, meses antes de empezar a acumular nominaciones a premios.

Lily Gladstone y Leonardo Di Caprio en 'Los asesinos de la luna'.

Lily Gladstone y Leonardo Di Caprio en 'Los asesinos de la luna'. / EPC

Aquella no era la primera vez que la tribu copaba titulares de periódicos; de hecho, muy pocos años atrás habían sido noticia al convertirse en la comunidad con la mayor renta per cápita del mundo. Su riqueza había empezado a fraguarse algo antes cuando, en 1871, fueron expulsados de sus tierras ancestrales y reubicados en una reserva en Oklahoma que, según el libro de Grann, los expertos consideraban “rocosa, estéril y absolutamente no apta para el cultivo”. 

Décadas más tarde, sin embargo, resultó que aquellas tierras se extendían sobre algunos de los depósitos de petróleo más grandes del país, y quien quisiera extraerlo tendría que pagar a los Osage por ello, y mucho. A principios del nuevo siglo, los miembros de la tribu se hacían construir lujosas mansiones de terracota, empleaban a chóferes y sirvientes blancos, y enviaban a sus hijos a las escuelas privadas más prestigiosas. 

Scorsese y el equipo de la película en el Festival de Cannes.

Scorsese y el equipo de la película en el Festival de Cannes. / EPC

Inevitablemente, el olor de los billetes atrajo a numerosos timadores y empresarios corruptos, pero el principal plan para robar a los Osage fue urdido por el gobierno de Estados Unidos; desde sus despachos se decretó que eran incapaces de administrar su propio dinero, y se les asignaron tutores que sobre el papel se encargarían de supervisar y autorizar sus gastos pero que, en la práctica, se dedicaron a estafarles de varias maneras. No tardó en extenderse por todo el estado de Oklahoma una enorme red compuesta de jueces, abogados, empresarios y médicos que se llenaban los bolsillos del saqueo a los Osage.

La fuente de toda esa riqueza, eso sí, no era tan fácil de robar. Para cambiar de manos, las tierras ricas en crudo no podían comprarse o venderse, tan solo heredarse; en otras palabras, seguirían siendo propiedad de los Osage a menos que alguien no perteneciente a la tribu lograra integrarse en la línea sucesoria. Y es en este punto donde lo sucedido en la Nación Osage se convierte en uno de los episodios más perversos del genocidio de los indios norteamericanos: para hacerse con los derechos de explotación del suelo, los hombres y mujeres blancos tenían que casarse con miembros de la tribu y luego esperar a que su cónyuge muriera.... o bien causar su muerte. Y entonces, escribe Grann, “las personas más ricas per cápita del mundo se convirtieron en las más asesinadas del mundo".

Margie Burkhart, la nieta de Mollie Burkhart, en el cementerio de Gray Horse, en Oklahoma, donde están enterrados sus antepasados.

Margie Burkhart, la nieta de Mollie Burkhart, en el cementerio de Gray Horse, en Oklahoma, donde están enterrados sus antepasados. / CHANDAN KHANNA

En total, Mollie Burkhart perdió en extrañas circunstancias tanto a sus tres hermanas como a su madre. Mientras las muertes se sucedían a su alrededor contrató a detectives privados para resolverlas, pero pasaban los años y ni ellos ni la policía local obtenían resultados, por ineptitud o corrupción. Fue entonces, en 1925, cuando J. Edgar Hoover decidió que aquellos crímenes podrían ser el escaparate ideal para la nueva agencia policial de la que era director, y que poco después pasaría a ser conocida como FBI; lo que le interesaba, pues, no era buscar justicia sin hacer una campaña de imagen. Para entonces, Molly estaba ya más muerte que viva. Llevaba años siendo envenenada.

La tragedia personal de Mollie y el papel que pudo desempeñar en ella su marido, Ernest Burkhart, son el eje vertebrador elegido por Scorsese para ‘Los asesinos de la luna’ -Lily Gladstone la encarna a ella y DiCaprio lo encarna a él; ambos ofrecen un trabajo mayúsculo-; es una diferencia notable respecto al original de Grann, esencialmente una intriga procedural centrada en la investigacion del FBI y concretamente en el proceso que conduce a su agente estelar, Tom White -interpretado en la película por Jesse Plemons-, a descubrir “una orgía de sobornos y explotación”. Lejos de tratar la identidad de los perpetradores como un misterio, como sí hace el libro, la película prácticamente la incorpora a su premisa. Tanto el uno como la otra coinciden, eso sí, en que de ningún modo acabó haciéndose justicia.

Margie Burkhart, la nieta de Mollie Burkhart, en la biblioteca del White Hair Memorial de Hominy, Oklahoma.

Margie Burkhart, la nieta de Mollie Burkhart, en la biblioteca del White Hair Memorial de Hominy, Oklahoma. / CHANDAN KHANNA

Al final, unos cuantos hombres fueron declarados culpables y encarcelados, y Hoover utilizó ese resultado para promocionar la primera gran victoria de su agencia y garantizarse inyecciones de fondos con los que nutrirla; ese era su objetivo, y una vez cumplido dio el caso por cerrado. Oficialmente, la masacre de los Osage arrojó 24 muertes en cinco años; las estimaciones de los expertos, sin embargo, hablan de centenares de asesinatos a lo largo de dos décadas. “Casi todos los elementos de la sociedad fueron cómplices de un sistema criminal”, escribe Grann. Y la mayor parte de ellos escaparon sin asumir responsabilidades, y con todo el dinero robado.