Opinión | Política y moda

Patrycia Centeno

Patrycia Centeno

Experta en comunicación no verbal.

La venganza de Irene Montero

Irene Montero saluda a Marta Fernández

Irene Montero saluda a Marta Fernández / EFE/ Javier Cebolada

Dicen que la venganza se sirve fría y que la elegancia, el saber estar y el poder real (el que emana de una, independientemente de los demás y sin que nadie te lo tenga que otorgar ni te lo pueda robar después) lleva implícito cierto silencio. No siempre, por supuesto. Pero saber cuándo callar y hablar es un arte. También saber qué decir exactamente para dejar de matar (ignorar) con el silencio. Y esto es lo que hizo ayer en Zaragoza Irene Montero a sabiendas de que iba a tener delante a la mujer que en 2022 aseguró que la de Podemos "sólo sabe arrodillarse para medrar". Así que ayer, la ministra meditó y estudió concienzudamente qué palabras dedicarle a Marta Fernández, presidenta de las Cortes de Aragón: "¿Qué tal, presidenta? Me alegro de que nos encontremos en un evento europeo para defender el derecho al aborto”. ¡Pam! La primera en la frente. Porque ser mordaz, irónica y sarcástica (además de inteligencia) te reviste en un instante de compostura y sofisticación.

Ninguna de las dos hizo el amago de estrecharse la mano (el origen del gesto viene de los romanos quienes se aseguraban tomándose por el antebrazo de que el interlocutor no fuera armado, no escondiera un puñal bajo la manga); seguramente porque ninguna de las dos deseaba saludarse personalmente. De hecho, la de Vox incluso mantuvo escondidas sus manos detrás de la espalda. Tal vez porque así se sentía menos tentada a finalmente dejarse llevar por las normas sociales y alargar la mano o porque muchas personas equivocadas toman esa postura creyendo que es de respeto cuando en una recepción son de servidumbre (las manos siempre deben estar a la vista y los brazos se dejan reposar relajados junto al cuerpo). Y aunque la presidenta de las Cortes respondió con un "bienvenidas a esta casa", la batalla ya la había ganado Montero. Y no por el duelo dialéctico, sino por las formas... Así como la ministra pensó en sus palabras, también decidió emplear una sonrisa en todo momento. Un gesto poco frecuente en Montero sobre todo al inicio de su trayectoria política donde siempre la veíamos con el ceño fruncido, enfadada permanentemente o regañándonos por todo. Pero esta vez la sonrisa le salió de lo más natural, de aquellas que no se pueden fingir porque no sólo se dibujó en su boca sino también en sus ojos). Ante la mandíbula tensa de la ultraderechista (de rabia contenida), la sonrisa de Montero (estoy por encima de tu odio) fue letal.

La ministra siguió saludando y estrechando la mano de las demás autoridades sin problema alguno. Detrás de ella, la seguía la secretaría de Estado de Igualdad, Angela Rodríguez (más conocida como "Pam") quien sí optó por alargar la mano para saludar a la presidenta de las Cortes. Y aquí Fernández, encadenada por su odio, no entendió su cometido, ni lo que significa la diplomacia ni en la trampa en la que estaba cayendo. Porque en un acto institucional, ni se representa sólo a sí misma ni a su partido. En ese momento representa a las Cortes de Aragón y protocolariamente está obligada a estrechar la mano y ser cortés. Podría haberse ausentado de tal liturgia -en los últimos años en Catalunya muchas autoridades han declinado participar en numerosas recepciones al rey, algo que Vox siempre ha condenado-, pero si asistes, cumples. Más alguien que pertenece a un partido que presume de ser más legalista que nadie y que, a la primera de cambio, se permite aleccionar a los demás (especialmente a los morados) sobre "decoro institucional”.

Por cierto, Irene Montero no dejó ayer puntada sin hilo en Zaragoza. Vestía de verde. En ella no es de Vox, sino el color que defiende el derecho al aborto.