Opinión | Política y moda

Patrycia Centeno

Patrycia Centeno

Experta en comunicación no verbal.

Fin a la era del traje

El senador John Fetterman

El senador John Fetterman / REUTERS

Si es usted de los que detesta el uso del traje y la corbata en sus negocios, pero lo mantiene porque considera que no le queda otro remedio, le interesará saber que cada vez está más cerca de deshacerse de esa obligatoriedad estilística tácita. Hace ya más de diez años que vengo anunciando -a quien quiera escucharme, claro- que el nudo está condenado a extinguirse como en su día lo hizo el bastón y luego el sombrero; pero incluso a mí me ha sorprendido la rapidez con la que se ha dado el proceso... Mientras las tendencias femeninas nos invitan esta temporada a atarnos la corbata, esta misma semana el Senado de los EEUU (con mayoría demócrata) ha ordenado la relajación del código indumentario. Por primera vez en siglos, ya no se espera que los legisladores se vistan de determinada manera para negociar en el pleno.

En 2021 la (polémica) portada en papel de Kamala Harris en Vogue USA presagió lo que está sucediendo hoy en EEUU. Muchos estadounidenses se quejaron por haber presentado a la primera vicepresidenta mujer con unas zapatillas converse. La mayoría encontraba mejor (“más respetuosa con el cargo a ejercer”) la portada digital en la que Harris vestía un traje chaqueta formal. La biblia de la moda no buscaba un retrato oficial de un miembro del gobierno; lo que pretendía la publicación era captar el cambio indumentario que desde hacía años ya se veía en la política europea y algunos países de Sudamérica.

Sin embargo, así como la generación Z está encantada con la noticia de la relajación estilística (no sólo los que se dedican a la política y la diplomacia; si se flexibiliza en el Senado, está claro que la decisión acabará repercutiendo en todos los sectores y ámbitos); los republicanos andan que trinan y han encontrado contra quien apuntar toda su ira.

Según los republicanos, el culpable de este cambio en las normas estéticas es única y exclusivamente John Fetterman, senador demócrata por Pensilvania. Si no lo conocen, les invito a chequearlo en Google: su gran altura, tatuajes, cabeza rapada, barba, pantalones cortos y sudaderas hacen que no pase desapercibido. Fue así, vestido exactamente de ese modo, como el pasado año se ganó la confianza de los votantes (pero no me sean inocentes e imprudentes y consideren que el milagro surge simplemente por emplear ropa informal y cercana, el secreto está en ser coherente y resultar auténtico). Aunque en sus primeros meses en el Senado, Fetterman acató la norma no escrita de vestir traje (resultando la visión un espanto porque como apuntaba John Berger "la arquitectura del traje deforma al trabajador"); después regresó a las sudaderas con capucha y los pantalones cortos holgados. Y es por ello, por la obstinación del de Pensilvania a no enfundarse la obstinada indumentaria impuesta por los demás, que los republicanos llevan horas hiperventilando, amparándose en el decoro e incluso amenazando (¡ojo!) con personarse en bikini.

Y la cuestión es que podrían hacerlo perfectamente porque el líder de la mayoría demócrata sólo ha suspendido el 'dress code' (aunque ya ha puntualizado que él seguirá fiel al traje y la corbata), pero no ha creado una nueva normativa (aunque sólo fueran prudentes recomendaciones y sugerencias). Ante el fin del largo reinado del sota, caballo y rey ( traje, camisa y corbata), el temor y la enorme complejidad que comporta reflexionar sobre códigos estilísticos según actividad y contexto teniendo en cuenta fórmulas inclusivas y respetuosas con todas las sensibilidades sociales ha pausado momentáneamente el debate. Pero en general y como poco, la estrategia de confiar el protocolo y la etiqueta al sentido común de las personas para facilitar la vida en sociedad se antoja algo vaga. Por muy de sentido común que sea ponerse a la derecha en una escalera mecánica para dejar pasar a los que quieran ascender más rápido, no veo yo que se practique. De sentido común me parecería no tirar jamás un papel o un cigarrillo al suelo y menos sobre un ser vivo, pero el árbol de enfrente de mi casa se ha convertido en un cenicero. Acudir al estreno de una ópera en el Liceo en chanclas y bañador no entra dentro de mi sentido común, pero sí tubo cabida en la cabeza del caballero que me dejó ciega y afectada visualmente de por vida...

Por suerte, ante un más que posible cierre del gobierno de EEUU la semana que viene por desacuerdos entre demócratas y republicanos en relación al gasto en Ucrania, Fetterman ya ha ofrecido enfundarse de nuevo el maldito traje a cambio del apoyo de sus oponentes. Porque muchas veces el sentido común viste sudaderas y deportivas viejas.