Concierto en Madrid

Comando Rosalía: artillería pop de alta precisión

Minimalista, pero implacable: la artista catalana derrocha poderío e ingenio ante un WiZink Center hasta los topes

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Pedro del Corral

Rosalía no tiene miedo a nada. Eso no quiere decir que no lo haya sentido nunca, sino que posee la capacidad de enfrentarse a él con la mirada bien alta. Sabe que tiene las armas perfectas para combatirlo. Pero, sobre todo, el alma. Es intrépida y atrevida. Un torbellino emocional que arrasa con todo lo que encuentra a su paso. O te sumas a él o te destroza. Por ello, a sus conciertos hay que ir bien provisto de armaduras… pues vamos a librar una batalla contra todo lo que nos produce terror. Su estrategia no es infalible, pero su ejército sí: las motomamis siempre están listas para salir a pelear. Así lo manifestaron anoche en Madrid, donde 17.000 personas se alistaron sin pensarlo. La revolución comenzó a ritmo de Saoko.

Enfundada en un casco fluorescente y un conjunto rojo, la líder asaltó un WiZink Center alentado por el rugir de varios motores. Con sus ocho bailarines cubriéndole las espaldas, inició la contienda. "Chica, ¿qué dices?", fue lo primero que salió de su boca. Esta demostración del poderío que ahora maneja es su mejor carta de presentación. Es una nueva Rosalía, pero con el tuétano flamenco intacto. El resultado fue atronador: a los potentes graves del tema se sumaron los gritos de un gallinero agitado por una coreografía milimétrica. Todo para enfatizar la lección que la cantante catalana quiso transmitir: muévete hasta que no puedas más. Algo que, salvo contadas excepciones, se mantuvo hasta el final del recital.

A pesar de que el espacio al que se subió era gigantesco, hubo momentos para la intimidad. Y no sólo en los tempos más calmados: cada canción resultó ser una invitación a sentirse realizado de una forma u otra. Candy es uno de los mejores ejemplos: "Llevaba tu esclava para pensarte, pero de olvidar yo ya hice un arte". Un gancho directo al estómago. Ahora bien, el magnetismo que habitualmente emana no desapareció por mucho que se pusiera sentimentaloide. Al contrario: le dio ese carisma que sólo las superestrellas son capaces de mantener con independencia de los acordes. Lo que dejó claro una realidad incontestable: Rosalía sólo se necesita a sí misma para brillar. Para prueba, la puesta en escena.

No hubo movimientos ni giros que ensombrecieran la calidad de la voz de Rosalía.

/ MARISCAL / EFE

No hubo demasiada parafernalia. El sonido y las coreografías llevaron el peso de su actuación. De hecho, bastaron tres pantallas para enfatizar un poco más su mensaje. ¿Cómo? A través de una steadycam que recogió todo lo que estaba pasando allí arriba. De esta manera, el show se fue transformando en un desfile o una tragicomedia según lo requiriesen las composiciones. Un videoclip viviente. A Bizcochito o La Fama les sentó de maravilla esta nueva propuesta. Tanto los ocho bits de la primera como el pequeño respiro de la segunda ganaron fuerza y credibilidad. Y lo más importante: reivindicó el tesoro que la intérprete guarda en la garganta. No hubo movimientos ni giros que ensombrecieran la calidad de su voz. Siempre precisa, siempre conmovedora.

Pretensiones internacionales

“Siento que tengo los mejores fans del mundo porque siempre me respaldáis. No hay nada más grande que eso", señaló emocionada. Esa facilidad para dirigirse a la masa volvió a dejar patente que ella es una artista a la tierra plantada. Da igual el derrotero por el que tire, el duende siempre acaba haciendo acto de presencia. En ningún momento, la altura que ha alcanzado en los últimos años ha frenado su naturalidad. De ahí que, desde bien pequeña, haya hecho lo que ha considerado oportuno. Sin pensar en lo que dirán. Y a favor de sus principios. Quizá, eso es lo que realmente la ha convertido en un referente mundial. Rosalía es Rosalía cante una bulería o un reggaetón. Un mosaico musical en el que cualquiera puede sentirse identificado.

Por eso, a veces, duele tanto escucharla. Este martes, supo entrar como ninguna en el pecho de su público. Ya fuese con la descorazonada Dolerme o con la histriónica La combi Versace. Asimismo, supo cómo llevar los ritmos para que su milicia se moviese a semejante compás: primero, la performance en Diablo; después, la intimidad en Hentai. Sin olvidar la versión de Perdóname, de La Factoría. Y pasando también por un medley en el que se atrevió a juntar el Papi chulo de Lorna con la Gasolina de Daddy Yankee. Hubo tantas Rosalías como canciones. Incluso, desveló tres inéditas: Dinero y libertadAislamiento y Despechá. Esta última convertida ya en un hit sin haberse siquiera editado.

Los guiños al jazz y los coqueteos con el 'dembow' demuestran que Rosalía quiere ir más allá.

/ RICARDO RUBIO / EUROPA PRESS

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Este mestizaje radical es valiente. Y no sólo por su propio concepto, sino por sus claras intenciones internacionales. Los guiños al jazz, los coqueteos con el dembow o los lazos con la electrónica demuestran que quiere ir más allá. De hecho, visitará 15 países en los próximos meses con el Motomami World Tour. Lugares donde ha ido ganando popularidad, en parte, gracias a sus colaboraciones con J Balvin, Ozuna, The Weeknd, Billie Eilish, Bad Bunny… Una escalada que, aunque comenzó con Los Ángeles (2017), se disparó con El mal querer (2018). De este último recuperó algunos de los temas que más encendieron a la multitud: Pienso en tu mirá y Malamente. No obstante, se echaron en falta títulos como Di mi nombre y Bagdad.

Empoderada, chula e imperativa, Rosalía reventó Madrid gracias a un lenguaje propio que la coloca al mismo nivel de los grandes nombres americanos. Es ambiciosa, pero sin caer en la estridencia. Y eso, apoyado en éxitos que han evolucionado a su par, le ha permitido crear un universo pop glorioso. Uno en el que el perreo y el zapateo se complementan. Y en el que los quejíos arañan igual que los susurros. Algo que se percibió especialmente en la tralla final, cuando se sucedieron Con alturaChicken TeriyakiSakura y CUUUUuuuuuute. Ahí ya no hubo vuelta atrás. El huracán estaba en pleno apogeo y sólo había una solución posible: unirse a él. Rosalía no tiene miedo a nada. Y, ahora, su comando tampoco.